La guillotina y la casta política

¿Quién decidió que el ejercicio de la política se convirtiera en una fuente de privilegios? Recuerdo cuando en la Transición, aquella época ingenua en que creíamos que la democracia sería el reino de las ideas y la igualdad, discutíamos sobre si los cargos públicos debíar estar remunerados y cuánto. Hasta entonces, por ejemplo, los concejales y los alcaldes realizaban gratis su trabajo. Se decía que era porque sólo los caciques y los ricos se dedicaban a la política, y que si queríamos que el pueblo pudiera ejercer sus derechos y ser representante de los ciudadanos, había que recompensar ese trabajo, había que facilitar y hasta convertir en atractiva la acción política. Es decir, fue la igualdad, el afán igualitario, el que condujo a que los políticos hicieran de su desempeño un oficio.

Y del oficio, una profesión. Y de la profesión, una casta, una clase, un estamento en el que ya no tendría cabida otro mérito que el de la fidelidad a la propia camarilla, el meritoriaje interno de la sumisión, del disimulo, de la lealtad entendida como adulación y sofisma al servicio del califa de turno.

Resultaría incluso divertido, si no estuviéramos viendo hundirse “los muros de la patria mía” y a nosotros con ella, que en el nombre de la misma igualdad –gran impulsora de la guillotina, bajo cuya cuchilla se cambió el mundo- que en Francia acabó con los privilegios, con los derechos de cuna y de sangre, se hubiera propiciado en España, doscientos años después, la reconstrucción de la secta, de la diferencia y la prebenda, si no por nacimiento, sí por el ejercicio profesional de la política. De aquello, y ya huele, que nos hicieron creer que se institucionalizaba para promover la igualdad.

Pocos espectáculos más obscenos, cuando el pueblo, la retaguardia de las masas –en vanguardia siempre están el Partido y los sindicatos amigos, esos para los que nunca se acaban las subvenciones-, eso que ahora los cursis de la gauche nutrida (y, a veces, deconstruida) llaman la ciudadanía, está viendo como se queda sin trabajo, sin sus casas, sin subsidios, sin esperanza, y con la pensión deconstruida también, que el que Sus Señorías, los representantes del Pueblo, sus voces, sus ecos, hayan creado diversos modos de sobrevivir en el futuro (en nombre de la igualdad, por supuesto).

Por una parte, el del común, el del Tercer Estado, la gentuza de a pie, que tendrá que trabajar hasta el fin de sus días y a la que se le considerará la cantidad a percibir con cualquier criterio que permita bajarle los ingresos.

Por otro, Sus Señorías y todos los altos cargos de las setecientas mil administraciones, que no dejarán de cobrar casi jamás, y siempre por la máxima cantidad, a los que hay que unir, además, los empleados de las cajas de ahorros que controlaban hasta ayer Sus Señorías, y los empleados de las grandes empresas que suministran generosos pagos a Sus Señorías y los recogerán después en sus consejos de administración (Felipe González: 126.000 euros en Gas Natural, de la Caixa), todos los cuales, y para evitar problemas a esa cajas y empresas, serán enviados a sus casas con la práctica totalidad de sus sueldos a tocarse las pelotas o el conejo gracias a las millonadas que Sus Señorías han decidido dedicar a tan noble fin, sufragado con el patrimonio de todos.

Ese patrimonio que ya sólo es un sueño calderoniano, sólo una inmensa e imparable deuda que cada día nos come más. Pasó siempre. Al que se arruina, porque se gasta más de lo que tiene, los prestamistas lo van ahogando. Que es en lo que consiste ser prestamista y lo que sabe cualquiera que acude a los prestamistas. Menos el Gobierno del PZOE, que declara que la culpa no es de ellos por endeudarnos, sino de los prestamistas por prestarnos, los muy mercados.

Seguramente todo esto nos pasa por haber puesto el país en manos de gente que jamás tuvo que ganarse la vida, ejemplares perfectos de la casta que fue creciendo al amparo de nuestra estupidez, de la inocencia que traicionaron una vez y otra, atiborrándose de dádivas autoconcedidas y asegurándose un futuro confortable a costa de nuestra ruina. Saber que a un cretino vendido al nacionalismo como Montilla, le esperan doscientos mil euros al año, una oficina en el Paseo de Gracia, coche oficial, escolta, asistentes, como si el trabajo de un tal fuera a servir para otra cosa que para seguir ejerciendo de conseguidor ante el nuevo poder –que es siempre el mismo-, supone un escarnio para el sufrimiento de la gente. De todos.

O la ejemplar trayectoria de Teresa Fernández de la Vega, que fue juez por el turno idedado por el PSOE para colocar a los suyos, luego vicepresidenta de cuota, y que ahora se retira con otros casi 200 mil euros para trapitos. España, país del mérito, como fue siempre.

Y encima, esta panda de impostores que se dice el nuevo socialismo, esta secta a la que el futuro, sin duda, dejará en excrecencia de la Historia, tras de arrasarlo todo, menos sus chanchullos, aún tiene la desfachatez de ir predicando “una salida social para la crisis”. Hace años que un amigo mío de formación francesa sostiene que lo que le faltó a España fue una pasada por la guillotina. Siempre estamos a tiempo de volver a las Cortes a cortarles la cabeza a Carlos IV, a Fernando VII y a Godoy.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído