Libertad y humo

Está en la naturaleza de la izquierda el gen totalitario. Los que estudiamos el marxismo y conocimos el funcionamiento de los partidos socialistas y comunistas nunca deberíamos haberlo olvidado. Pero entonces nos engañaron. Aún recuerdo las convocatorias alrededor de un gran canuto para reivindicar la libertad de consumo del cannabis, y cómo las tabletas y lor tarros de maría aparecían como señas de identidad libertarias de un PSOE y un PCE que hoy convierten a los fumadores ¡de tabaco! en reos de heterodoxia, sospechosos de corrupción burguesa o revisionismo ideológico, cuestiones que en los sistemas socialistas conducían a un campo de concentración, y en la España de ZP a que te cierren el bar.

Caído el muro, sin alternativa alguna al capitalismo, por muy hijoputa que sea (tanto como los seres humanos), la vocación totalitaria de la izquierda ha sido incluida en el catálogo de los vicios de la Señorita Pepis. Pero ahí está. Ridícula, pero indemne.

No tendrían sentido si no nos dijeran cómo vivir, cómo comer, cómo relacionarnos, cómo pensar. Su intromisión mesiánica en nuestras vidas ya no puede consistir en derrotar al capitalismo, empeño en el que fracasaron durante cien años, sino en infectar nuestra intimidad. En meter un comisario en cada casa (ahora las mujeres, pronto empezarán con los hijos), en los ámbitos del trabajo, del ocio. En cómo hemos de morirnos y en lo que podemos consumir para hacerlo. Y en arbitrar un inmenso sistema de delación que poco a poco irá penetrándolo todo De la invención del género, que ya ha destruido muchas familias y parejas (y esto no tiene nada que ver con la aplicación de la ley a los agresores, sean del sexo que sean), a la persecución del fumador, que ya ha entronizado a esas figuras tan odiosas que son los chivatos, imprescindibles en los sistemas totalitarios, y hasta a organizaciones de consumidores como FACUA y UCE que se han puesto a la cabeza de la delación, al modo de las asociaciones independentistas que en Cataluña canalizan las denuncias por no rotular en catalán.

Todo es lo mismo: dividir, sembrar el odio y el recelo, demonizar a una parte de la población, salvar a los hombres de sí mismos, porque ellos, el Partido, siempre saben lo que nos conviene mejor que nosotros. Se trata de someter, de reprimir, de aterrorizar al que se aparta del ‘colectivo’.

Si no te multaran por ello –recuerden que ya hay antecedentes de represión legal contra quienes ellos deciden considerar homófobos, por ejemplo, no sabemos si defender el humo con la palabra será también delito en este inacabable mundo zapasocialista-, sería para descojonarse que los mismos que les cuentan a nuestros chicos que el sexo de cada uno se puede elegir como los caramelos, nos prohiban fumarnos un cigarro en un local privado y multar a su dueño.

Pero este esperpento es España, aquel país donde la vida y los vicios eran libres y dulces, y que hoy una partida de mamarrachos totalitarios ha convertido en el paraíso de las trincheras ideológicas y los delatores. No nos queremos dar cuenta, pero lo que se va con el humo es nuestra libertad.

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