Lorca y los vasallos buenos

Entonces de niños leíamos a los clásicos, que se quedaban ya para siempre con nosotros. Del Poema del Cid, en el que años más tarde tuve que adentrarme y analizar casi entero en su estadio original, lo que permanece en mi memoria es lo primero que guardé de él, ese verso que refleja la admiración de su propio pueblo hacia el hombre que no se inclina ante la injusticia: “¡Dios, qué buen vasallo, si oviesse buen señor!”. Ese era, por demás, su mejor resumen, la verdadera tesis no sólo sobre el Cid, sino sobre Castilla, esa nación magnífica que terminó por incorporarnos, repoblarnos y hacernos a su imagen.
Esa nación diluida en una España que hoy usufructúan aquellos otros pueblos, Cataluña y Vasconia, siempre mezquinos, que hicieron su razón de ser, su acta de identidad, de la negativa a diluirse en España y fecundarla como hizo Castilla. Por eso es la sangre castellana, más que ninguna otra, la que corre por las venas españolas, porque algunas otras sangres se negaron a hacerlo, se quisieron puras, se refugiaron en fueros y privilegios. Y aun así, también los mejores vascos y catalanes bajaron al sur a colonizar las tierras de aquellos a los que ahora llaman colonos, y hoy sus apellidos delatan esa mezcla que es España, la de todos los que se abrazaron en estas tierras del sur de Castilla, una Castilla que siempre fue sur de sí misma, que nació como frontera para que allí se cruzaran astures, leoneses, vascos, galaicos, navarros, francos, pirenaicos, mozárabes… Una Castilla que nunca se quiso sola.

Lo que surgió de allí fue un gran pueblo de todas las sangres, ese que antes se llamaba español. Celoso de su dignidad, de su honra, porque los pobres no tienen otra cosa, pero qué vasallo más fiel, más leal, tan dócil que peca por exceso frente a tantos malos señores como lo han gobernado, esquilmado, encizañado y hundido tantas veces en su Historia triste. Un pueblo generoso, sentimental, caritativo, que siente como propio el dolor de su hermano, de su vecino. En otra más de las paradojas de nuestro carácter, la hispánica envidia se hace mano y corazón abiertos en cuanto nos acontece la desgracia. El río del dolor nos conmueve, como si recordáramos la dureza de aquellos siglos de guerra, asedios, repoblación, soledad, el sufrimiento y la dureza compartidos por cuantos llegaban a estas tierras nuevas a conquistar la vida.

Eso fue siempre Lorca, la frontera. Y Caravaca, y Moratalla, y buena parte del Reino de Murcia todo. No es extraño que Lorca sea uno de los municipios de España con mayor población inmigrante. Y tan extenso que aún huele a misterio, a teritorio vacío y prometido en la frontera. En aquellas tierras, altas o bajas, de fortalezas y escudos, seguimos siendo los campesinos castellanos que bajaron al sur a cultivarlo, como hoy vienen otros para hacer realidad esa esperanza de paraíso que movió también a nuestros antepasados.

Así, nada me pareció nunca más falso que la leyenda de que el pueblo español era ingobernable. Si lo fuera, sólo un poco, hace ya años que el Valido que hoy nos desgobierna y encima nos llama bellacos, seguramente el peor gobernante desde don Rodrigo, habría sido arrojado al mar con todas sus cohortes de embusteros y sicarios tenebrosos, de aduladores que hoy se desdicen, de cómplices en las taifas y los palacios de oro. Esa España de las mesetas y los sures a la que se acusa de individualista y anárquica, y lo somos, gracias a Dios, posee, sin embargo, como pocos pueblos en el mundo, un extraordinario sentido cívico y colectivo para la alegría, la fiesta… o el dolor. En los extremos somos espléndidos; en la normalidad, como hijos de Roma, hemos aprendido a desentendernos de lo público, porque en lo público siempre aparece un Calígula, un Fernando VII mentiroso y malo para jodernos el siglo.

A Lorca -una de las ciudades más hermosas de España, con lo mejor del Mediterráneo y lo mejor de lo andaluz- le debemos no sólo todo lo que esté en nuestra mano hacer, económico o moral, para que esta tragedia sea pronto sólo un recuerdo, sino algo mucho más importante: que nos haya devuelto la autoestima, la fe en nuestra Región y en una España que debería mirarse en Lorca para encontrar su camino. En el civismo, la honradez, la generosidad, la capacidad de sufrimiento y, sobre todo, la unidad y el coraje que los lorquinos (todos, los hijos de los campesinos castellanos y aragoneses que fueron llegando durante siglos, los también hijos de castellanos que vienen del Ecuador o de Colombia, los marroquíes, senegaleses, nigerianos o chinos, todos los que han querido ser un lorquino más y abrazarse en este dolor inconsolable) han mostrado al mundo estos días. Sin una queja. El estoicismo ha sido la respuesta de esta región, como fue siempre. La Grecia de la que venimos corre aún por el Guadalentín.

Lorca es hoy la mejor España, la de los vasallos buenos que hoy estáis, estamos todos, “de los sos ojos tan fuertemientre llorando”. Pero ese verso es sólo el inicio del Cantar de Mio Çid, el principio de una vida nueva, la esperanza de otra Historia.

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