El Madrid grande de España y el Barcelona del país pequeño

Con las víctimas mortales del terremoto de Lorca aún en las calles, sobre el dolor de los españoles de bien, los barcelonistas de todas las Españas salían jolgoriosos el pasado día 11 a celebrar el triunfo del catalanismo sobre la idea de una España de todos. Eso es, no se engañen, lo que significa el ‘mès que un club’, que el Barcelona F.C. es el ejército del imperio imposible para cuyo regreso melancólico han inventado una nación que nunca existió. Ganar la Liga es imperar simbólicamente en la odiada España, una compensación sentimental frente al desdichado destino español a que les condenó la geografía.

No tienen más que leer sus periódicos, sobre todo los digitales (e-notícies, racó català, el punt-avui…), que es donde se muestran sin cautelas comerciales, para acceder a todo un despliegue de racismo y complejos de inferioridad-superioridad hacia el resto de los españoles que sólo tiene parangón, aun con matices distintos, en los otros nazionalismos antiespañoles. No en vano ese excelente actor canario que responde al nombre de Pedrito, denominación que delata claramente su procedencia extranjera de oprimido guanche, se paseaba ese día por el Camp Nou con su bandera de independentista canario. Fue una excelsa celebración de tontos con malafolla.

Pero no sólo los catalanes, a los que hay que disculpar porque -como sostiene el celebrado santurrón de Guardiola– ellos son de otro país, un país pequeño y vecino del nuestro (a España la llaman el país vecino, lean los medios que les indicaba antes, hasta el cantante Josep Carreras habla así de nosotros), sino que miles de españoles alzaron sus voces y entonaron cánticos para loar a quienes los consideran extranjeros, colonos opresores, cetrinos hispanoides perezosos que viven de los dineros catalanes gracias al expolio fiscal.

En la misma Región de Murcia que sufrió esa tarde los terremotos, el espectáculo alcanzó la vileza consumada. Tuve que escuchar esa noche los cohetes y los toques de claxon de decenas de imbéciles que, con la ciudad de Lorca destruida y sumida en el horror a sesenta kilómetros de la suya, hacían gala de su catalanidad contagiada y se olvidaban de quiénes son. Si alguna vez lo supieron. He llegado a leer que incluso en Totana, a sólo 15 kilómetros, hubo grupos celebrándolo. En toda la comunidad, al parecer, siniestros fanáticos ensalzaron el triunfo catalán.

Confieso el estupor que me producen las manifestaciones barcelonistas en la Región de Murcia. Me lo produjeron siempre, pues sé muy bien lo que ha significado históricamente el término ‘mursianu’ en la boca de algunos catalanes. Y he sentido el recelo, el desprecio implícito, la mirada desdeñosa. Como también la cordialidad, el afecto y la amistad de tantos catalanes magníficos –de lo mejor de España- que no se merecen vivir bajo la dictadura nacionalista que aplasta Cataluña y, sobre todo, Barcelona desde hace 30 años. Y que no debieran sufrir ese Barça ‘més que un club’ que es hoy el principal emblema del odio a España -como pudimos ver en la famosa final de Copa de 2010, acompañados del etarrismo cenutrio de los nazis vascos- que se pasea cada domingo por su estadio con sus banderas independentistas y sus Catalonia is not Spain.

Pero lo que me asombra de manera absoluta es que después de la derogación del Trasvase del Ebro, que fue una imposición del socialista Maragall, haya murcianos (muchos agricultores) que salgan a festejar a ese Barça que representa a quienes hicieron emblema de la negación del agua para el sur. Y que no lo hicieron por el Ebro, ni por el delta, ni pijos. Lo hicieron para no compartir nada con los españoles, para impedir que quienes hasta entonces eran sólo sus mercados cautivos pudieran llegar a hacerles competencia.

Sinceramente, no entiendo, después de eso, qué motivos puede tener un murciano -ni ningún otro español- para alegrase por las victorias de quienes le niegan el pan y la prosperidad. Aparte de los casos de lealtad a una adhesión infantil (los Barças de Cruyff o de Kubala, por ejemplo), sólo se me ocurre una explicación: el resentimiento, la envidia negra volcada contra el equipo que ha representado lo mejor de nosotros, el Madrid, el rey histórico de Europa y de España, el que nunca se sintió a sí mismo como otra cosa que español.

Entretanto, los catalanes hasta le cambiaban el nombre a la ciudad en su paseo de celebración y la rebautizaban como Llorca. Una ciudad que nunca existió. Aquí se resume el embudo nazionalista con el que llevamos tragando 35 años: mientras a nosotros nos imponen por ley que hay que decir y escribir Lleida, Girona o Gipuzkoa, ellos pueden perfectamente escribir Llorca , Terol , Múrcia o Murtzia, como hacen los primos bildutarras, que no pasa nada. Así es esta España asimétrica, ancha para ellos y jodida para los demás.

Por eso me ha alegrado especialmente la visita del Madrid el pasado miércoles para jugar un partido a beneficio de Lorca, su generosidad, que es la de la España que representa. Ha sido el único motivo de contento en estos días amargos. El equipo más laureado del mundo viaja a llevar felicidad y ayuda a una zona de su país que ha vivido una gran tragedia. Hay otros que son de otro país. De uno pequeño. Hay que entenderlos. Son pequeños en todo.

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