Valcárcel y la camiseta de Pujante

Mientras en la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre propone la división en circunscripciones para acercar el voto a la realidad territorial madrileña, en la Región de Murcia el movimiento se presenta al contrario. Todo depende de los intereses, no del pueblo. Al final tendremos diecisiete sistemas electorales. Simplificando, que se dice. Y es que, al parecer, la rogativa inscrita en la camiseta que el líder de IU-RM, Pujante, lucía en el reciente debate de Investidura, ha conmovido al presidente Valcárcel, hasta el punto de llevarle a prometer el cambio de la ley electoral que IU viene demandando una elección tras otra. El Partido Popular estaría así a punto de cometer un gravísimo error y una injusticia mayor que la –supuesta- que pretende atender.

Una de las consignas más repetidas durante el último mes y medio en las calles de España ha sido, por cierto, la de la necesidad de cambios en la ley electoral, la nacional, que es la que obligaría a variaciones en el mismo sentido en la selva legal autonómica. Lo que aún no sabemos es el sentido. Parece que todos queremos que mejoren la representación, la identificación entre electores y elegidos y, al menos por mi parte, que exista la obligación de los parlamentarios de rendir cuentas en los distritos por los que fueron designados. Lo que supone la existencia de distritos, de territorios electorales, que es, curiosamente, a lo que se oponen en la Región de Murcia, en nombre de la democracia, Pujante y, ahora, si la reforma sugerida se lleva adelante, también el presidente Valcárcel.

Las comarcas mudas
Lo que se va a hacer es aumentar la representación de un partido minoritario, IU, para eliminar la representación, ya institucionalizada y con treinta años de historia, de los territorios minoritarios por población. A mí, este afán justiciero, me parece tan injusticiero, que dejará a las comarcas de Caravaca y Jumilla-Yecla sin diputados para todos los siempres, a cambio de incrementar los escaños de IU de manera escasamente significativa y completamente inútil en términos de equilibrio de poder. IU conseguirá tres sueldos más, a cambio de que los problemas del Noroeste y el Altiplano no vuelvan a escucharse nunca en una asamblea en la que los políticos ‘cortesanos’, murciano-cartageneros de residencia, ocuparán la práctica totalidad de los sillones.

Y no me cuenten el cuento de que ¡no!, seremos buenos y pondremos a gente de todas partes, y tal y cual, porque si hasta ahora algunos de ellos no han sido más que bustos culiparlantes, como el incompetente cambiachaquetas de Fernández Montoya, al que enviaron a la Asamblea para que no enredara en Calasparra, lo cierto es que los partidos se han visto obligados en estos treinta años a nombrar a gente de aquellas tierras, y alguno bueno se les ha colado.

La solución no puede ser que como no hablan, porque se deben al partido, y no atienden a su circunscripción, eliminamos las circunscripciones. Es lo que hizo el infame ministro socialista Barón en 1984 con el tren a Granada, al que, como iba lento, le levantaron hasta las vías. La solución es obligarlos a hablar, es decir, abrir las listas, crear oficinas comarcales de la Asamblea y que se ganen el sueldo atendiendo a quienes los han elegido. Esa es la democracia de los ciudadanos, que tanto apoya IU con la boca pequeña ‘indignadita’, pero que pretende cargarse en la Región de Murcia, porque no le favorece.

La incoherencia de IU
El argumento esencial de la camiseta de Pujante es, además, una falacia. No es cierto que su escaño haya costado 50.000 votos. Su diputado no es regional, sino por la circunscripción de Murcia. Y han sido 25.048 votos los que han llevado a Pujante a la Asamblea, mientras que al ganador, el PP, le ha supuesto 13.363 por escaño. Cierto. Pero es la Ley d’Hondt la que produce ese efecto, o sea, la ley nacional, la ley marco y no la regional. Y pasa en todas las regiones y en España misma.

Es, por demás, una ley equilibrada entre la representación directa y la territorial, y que ha funcionado muy bien, ha permitido la alternancia y la gobernabilidad, primando a las mayorías pero sin eliminar por completo a las minorías, como sí hace el sistema mayoritario puro. Sus mayores defectos son las listas cerradas y, curiosamente, la inexistencia de un límite para obtener representación (lo que sí hace la ley regional), que es lo que ha llevado a los nacionalistas a convertirse en bisagras y amos de la España que odian. E incluso así, el poder nacionalista no hubiera sido tan agobiante y detestable de no haber sido utilizados por Zapatero, durante estos últimos siete años, para cercar y destruir al PP y, con ello, la democracia misma.

Podríamos, quizás, entender la demanda de Pujante, si la IU española (que ya no existe) demandara un distrito único que acabara con el poder nazionalista. Lo malo es que IU es ferozmente nacionalista donde le interesa, incluso casi independentista, como en Cataluña, donde ha formado parte del gobierno que multaba por poner los rótulos en español, o en el País Vasco, donde Madrazo ha dejado una huella imborrable como alfombra del PNV, mientras que esa misma IU confederal y defensora de la autodeterminación en las zonas separatistas, resucita centralista y de distrito único en la Región de Murcia. Eso se llama coherencia.

Una ley para consolidar la Región
Lo que hay que resolver es si las leyes electorales se hacen para representar exclusivamente a los ciudadanos, un hombre, un voto, a lo bestia, sin matices; o si una auténtica representación debe contar también con sus circunstancias y, por tanto, con las del lugar en el que viven. Recordaré que la actual ley electoral regional se hizo en un momento en que ni siquiera sabíamos si esto de la Región de Murcia iba a cuajar o a terminar como la Fiesta de Barranda, con una buena ‘petardá’; y que no sólo existía un importantísimo movimiento cantonal en Cartagena, sino que en Yecla se miraba más hacia Valencia y Alicante, mientras los Animeros de Caravaca llevaban la bandera andaluza en sus guitarras y había quienes pedían una provincia para la que hoy es la Ciudad Santa de los murcianos.

Hay que reconocer que estos últimos quince años se han hecho muchas cosas bien para disipar las muy serias reticencias que entonces sentíamos los periféricos hacia Murcia. Dudas que el PSRM-PSOE ayudó a agrandar en sus años de gobierno, culminando con aquel pabellón de la Expo que mutiló incluso el nombre oficial de la Región, presentándose ante el mundo con el exclusivo de la capital, Murcia, y a joderse. Luego vinieron, en el haber murciano y ‘popular’, la autovía, el apoyo a la Ciudad Santa, los planes del Noroeste o el espectacular desarrollo de Cartagena, con su universidad al frente. Me temo que con Jumilla y Yecla las cosas han ido más despacio, al ritmo de esas autovías que no acaban de llegar.

Fue, por tanto, el intento de consolidar una comunidad nada clara el que llevó a establecer las circunscripciones electorales, y el que igualmente fijó ese límite del 5% de los votos regionales para obtener escaño, con el fin de evitar que partidos pequeños (los cantonales) aprovecharan esa comarcalización incipiente para hacer aún más imposible la Región. Desaparecido el riesgo, quizás sea el momento de revisar ese 5% que ha actuado muy negativamente contra el que acaso haya de ser el partido de una izquierda del futuro, liberal y española, UPyD, al que verlo en la Asamblea sí que hubiera supuesto una novedad revitalizadora por contraste con las izquierdas del pasado.

Pero nunca acabar con las circunscripciones. En una región tan desequilibrada, tan murciocéntrica, prescindir de los pocos mecanismos de descentralización que poseemos, aunque sean simbólicos, es un grave error. Y es que continúa habiendo heridas, como el expolio de la estación de Calasparra, que nos dejará aislados en un momento histórico en que el tren vuelve a ser el progreso. Las autovías a Lorca y Valencia serán paliativos, pero no compensarán el retroceso, otra vez, para unas tierras a las que la emigración desangró durante el siglo XX.

Hace falta, pues, que haya alguna voz que pueda reclamar en la Asamblea (o mejor cerrarla) contra esa injusticia, contra los incumplimientos de los planes o las promesas, contra las decepciones que vendrán. No me cabe duda de que Jesús Navarro, alcalde de Calasparra, uno de los escasos socialistas disidentes del desastre zapateril, seguirá intentando soluciones para el agravio, y desde aquí se lo demando.

Pero si no existieran circunscripciones, queridos Pujante y Valcárcel, nadie diría ni una palabra en nombre de aquella tierra. Lo que pedís o proponéis va contra la lógica, la justicia y la historia de esta joven región. Cuando en la calle se clama contra la partitocracia, cuando estamos hartos de pasteleos políticos, lo que vendrá es el fin de la representación de unas comarcas secularmente marginadas, para aumentar los escaños de un partido político que no ha sido capaz de ganar en cada circunscripción, con los votos, lo que reclama.

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