El federalismo y la madrastra de Blancanieves

O son tontos o se lo hacen. Quieren distraernos. No me cabe en la cabeza que puedan ignorar que las soluciones federales que proponen son exactamente las que rechazan los nacionalistas vascos y catalanes. Me refiero al PSC, al PSOE y a los firmantes del Manifiesto ‘federalizante’ que el pasado domingo hizo público El País y que no es otra cosa que un intento de Miguel Ángel Aguilar y la izquierda de dar un rumbo a los suyos. El federalismo es un proceso para llegar a la igualdad desde la diferencia. Y fue, en España, sinónimo de revolución igualitarista, la construcción desde abajo de la organización social y política, de los individuos a las comunas y los estados territoriales, un hermanamiento hacia arriba, una democratización radical en la que los gobiernos responderían de verdad a la voluntad del pueblo federadamente construida. Con variantes, el ideal anarquista y hasta, en apariencia, el de los soviets, que los comunistas, ahora independentistas en Cataluña, usaron para todo lo contrario, para aplastar al individuo. En eso se jugó la vida Antonete Gálvez líder del Cantón Murciano o de Cartagena durante la rebelión de 1873, y no en ningún separatismo. Y por eso intentó, al frente de los cantonales, tomar Madrid, hasta que lo pararon en Chinchilla. Habrá que suponer que por eso no nos han electrificado ni desdoblado la línea ferroviaria Madrid-Cartagena, decimonónica aún en todo (y se quejan los catalanes de los trenes, qué jeta tienen), no vaya a ser que volvamos. Antonio Gálvez Arce fue un revolucionario de alpargata y justicia, de federalismo como utopía, todo lo contrario de un burgués regionalista. No nos engañen más con el federalismo. Lo último que quieren sus asociados catalanes, esa izquierda falsaria y sedicente, es el federalismo, el café para todos. Reclaman más asimetría, más desigualdad de las que ya existen en su beneficio. Hasta el AVE en exclusiva.¡Ojalá fuéramos a la Federal! Sólo haría falta acabar con los privilegios: el concierto económico y los derechos forales, las policías autonómicas, las lenguas impuestas como revancha, los mercados cautivos, las financiaciones a la carta. Estallarían de ira. Lo que quieren es la ‘singularidad’, el ‘hecho diferencial’. Tienen complejo de madrastra de Blancanieves: exigen ser la más bella.

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