El gulag de los niños castellanohablantes

Hace unos días tuvo lugar en el Palau de la Generalitat una curiosa reedición del Pacto Mólotov-Ribbentrop, cancilleres comunista y nazi, por el que ambas potencias totalitarias, la URSS y el Tercer Reich, trazaban su acuerdo en la infamia y el reparto de Polonia como botín. En esta versión de la señorita Pepis, Polonia eran el ministro Wert (a cuya cabeza han puesto precio, seguramente un 4%) y, por supuesto, la propia Cataluña, a la que tienen sometida desde hace treinta años a través del control y la imposición de un instrumento infalible de agitación sentimental: la lengua catalana. Se trata de una reunión que explica el hundimiento general de la izquierda española, y cuanto ha ocurrido y ha de ocurrir en aquella región catalana que fuera modelo de libertad, y hoy es penosa presa de un totalitarismo saqueador. La derecha más reaccionaria de España, hija de esa mezcla de nostalgia, frustración y negocio de la que siempre surgieron los fascismos, aliada y sostenida por la izquierda sedicente, aún peor, pues que resulta la alimentadora de carne charnega y obrera del resto de las Españas para el altar-barbacoa del catalanismo. Socialistas (de apellido Navarro) y comunistas (de apellido Herrera), unidos al Caudillo Mas y a los camisas negras de la Esquerra neomussoliniana, para afirmarse en la prohibición de la lengua de sus padres. Y de sus hijos. La cual, “lamentablemente”, según se le escapó al converso aragonés Durán, aún se habla en los patios de los colegios catalanes. No basta con la inmersión, esos campos de niños forzados. Habrá que ir al gulag.

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