Roja y gualda

Hace ya muchos años, en 2002, publiqué en La Opinión de Murcia, donde escribo desde que me marché de Diario 16, el artículo que sigue. Era un relato sobre por qué después de haber renegado de cualquier españolismo patriotero, la bandera de España había vuelto a representar para mí la libertad, la igualdad y la fraternidad. Y el patriotismo en su mejor sentido, en el de todo lo contrario a cualquier nacionalismo, españoloide o fachaperiférico. Una reciente entrega de Arcadi Espada («Banderita, tú eres roja») en su extraordinario blog en El Mundo, «1714, Diario del año de la peste» , a propósito de la manifestación del 12 de octubre en Barcelona contra el independentismo obligatorio, me ha recordado aquel texto que hoy ofrezco en homenaje a cuantos van a atreverse a salir a la calle en la Barcelona tomada por la xenofobia separatista. En realidad, ellos son los únicos que sostienen hoy la idea de España, o mejor, la España de la idea de don Antonio Machado. El artículo fue posteriormente incluido en mi libro «Zetapaña. Naciones para todos» (Sekotia, Madrid, 2007, con prólogo del gran Horacio Vázquez-Rial, recientemente fallecido para desdicha de quienes fuimos sus amigos.

En fin, esto es lo que escribía uno hace ya once años. Va por ustedes:

«En 1976 tuve la suerte de asistir a la que –más tarde lo sabría- iba a ser una de las concentraciones patriótico-contestatarias más multitudinarias de la Transición. En trenes, autobuses y motos, a lomos de las muchachas de capazo y flor, por millares habíamos ido llegando al campus de la Universidad Autónoma de Madrid, a una inmensa hondonada alfombrada de césped y milimétricamente rodeada de grises. No me refiero a las luces de los días lluviosos, sino al noble cuerpo de la Policía Armada, cuyas siluetas a caballo daban a la mañana el aroma irrepetible de la ensalá de hostias que nos iban a arrear, bucólicamente, en cuanto nos pasáramos de lo que Gobernación hubiera dispuesto. Ya era raro siquiera que pudiéramos estar allí. Y había que ser joven e inconsciente (y generoso y hambriento de libertad) para acudir a una convocatoria que en cualquier país progresista, tipo la China Popolare o el Méjico del muy izquierdista y corrupto PRI, enemigo fraterno de España, podría haberse convertido en un Tiananmen o en la matanza priista de estudiantes del 68. Pero allí estábamos, mientras algunos de los que hoy ejercen de rojos, rojísimos y hasta rojérrimos andaban no por el campus, sino por las campas de Escrivá de Balaguer o “responsablemente” dedicados al estudio.

Y allí estábamos, sí, con la sagrada intención de celebrar el Primer Festival de los Pueblos Ibéricos, una muchachada caída desde todas las naciones oprimidas, las nacionalidades históricas, las taifas sobrevenidas, los cantones, los pueblos sin Estado y las minorías étnicas, más unos cuantos de la provincia de Murcia, que no sabíamos cómo agruparnos, por lo que decidimos hacerlo alrededor de Carmen, que estaba buenísima. Yo estudiaba entonces en Madrid y había quedado con otro caravaqueño, mi amigo José María Corbalán, que apareció acompañado por nuestra celebrada Carmen, allí, donde todo el mundo tenía nación menos nosotros, que sólo la teníamos a ella.

Desdichadamente, no nos habíamos reunido allí para el amor, sino para la guerra, para proclamar, en el nombre de Aitor, de Amaya, de Joan Fuster, de Blas Infante, de Wifredo ‘el Velloso’ (al que ahora han rebautizado como Jofré ‘el Pilós’, que suena més catalá), de la Pilarica, la Fabada y la Santa Compaña, que ya no éramos españoles, que España sólo había sido una tenaza franquista para yugular nuestras naturales expresiones culturales, para obligarnos a vivir juntos, a mezclarnos, a dejarnos los cuernos los opresores pobres del Sur trabajando para los oprimidos ricos del Norte. Por eso no era un festival español, ni se permitía el nombre innombrable ni la bandera perversa, símbolo del Estado centralista. Ahora éramos ibéricos, como el jamón, como Carmen, aunque entonces no supieran que el jamón ibérico era ibérico ni siquiera los extremeños, que andaban todos deslomándose bajo el txiri-miri de la sometida Euskadi. Y brillaban miles de banderas distintas, como en los festejos medievales y los partidos de fútbol, muchas inéditas para nosotros -que allí nos bautizábamos de nacionalismo-, porque de lo que se trataba era de llevar una bandera lo más minoritaria posible, lo más olvidada, lo más étnica. Y de negar a España, como sampedros ojerosos.

A mí me gustó mucho aquello, porque cantaban los vascos, todos con voz de tenores recién salidos del bosque, y muchos Tíos de la Pita, que era con los que yo me identificaba, puesto que, en verdad, los de la provincia de Murcia más que una nación parecíamos un tele-club. Lo que ya no recuerdo es si hubo nacionalistas catalanes, porque allí todo el mundo era diferencial y a ellos eso no les gusta nada.

Aquel día de los Pueblos Ibéricos fue de los más intensos y alegres de unos años fascinantes e irrepetibles, los de las constantes manifestaciones, los de una lucha bienintencionada y crédula con la que íbamos a lograr, como Karina, un mundo nuevo y feliz. Un día de riesgo, de curiosidad, de atrevimiento, de todo lo mejor que la vida nos va robando. Éramos jóvenes y nos habían hecho creer que aquello era la libertad. Y lo era. Lo que no sabíamos era que luego, como siempre, las viejas castas de caciques la iban a usar para destruir la idea por la que estábamos allí juntos: un afán, no de separación, no de nueva opresión de unos sobre otros, sino de fraternidad, de unidad, de convivencia, de igualdad.

A ese afán de entendimiento se le terminó llamando Constitución y lo simbolizamos en una bandera para todos. De todos. Por el contrario, las banderas nacionalistas, las que allí se agitaban, son las que hoy representan la opresión, el dominio totalitario de un grupo étnico y lingüístico sobre los demás, cuando no simplemente el terror y el asesinato. Hasta el punto de que la ‘ikurriña’, que no es más que la bandera de un partido, el del racista Arana, el PNV, ha sido usada para concretar así la identificación entre el país y el partido, de modo que sea imposible, incluso simbólicamente, la idea siquiera de una democracia para todos.

Hoy es la bandera de España la que nos sostiene ante aquellos que sólo pretenden aumentar sus ya magníficos privilegios. La que simboliza el deseo de permanecer juntos frente a los campanarios y los medidores de cráneos. Exactamente el mismo deseo que nos llevó entonces a jugárnosla acudiendo al campus de la Autónoma, y que hoy nos obliga a dar la cara por una bandera, roja y gualda, honrada por la sangre de tantos inocentes.»

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