Las víctimas vengativas, el santurrón y el 15-M

Las víctimas molestan porque nos recuerdan la ley malversada, los pactos traseros, la cobardía, la ignominia. Se firmó una paz vergonzante y secreta con las ratas del terror, con los detonadores y sus publicistas. Se blanquearon asesinos y redes de extorsión. Se quebraron la Ley y la Justicia, la democracia y la decencia para regocijo de la sonrisa feliz de aquel bribón, la tranquilidad del que ha pagado al cobrador mafioso, del que ha comprado un silenciador para las pistolas a cambio de entregar el territorio y la dignidad.

Pero las pistolas siguen ahí, bajo las faldas de los clérigos de la raza, de los gudaris con Rh negativo. Son muy católicos, pero no se arrepienten. Ni piden perdón. No lo necesitan. Su Dios es una nación inventada, una deidad cruel y sanguinaria que dio sentido al genocidio. Un Reich marxista-leninista en gabarra. Sus víctimas son corderos que lloran y que han de soportar que los llamen vengativos y crueles, sólo por demandar un poco de justicia. La que nunca se tomaron por su mano. La que hoy se les niega y con la que se les humilla.

Ellos no tienen derecho a intervenir en política, ha sentenciado el padre ‘Familiondo’, ese santurrón. No son tan sucios, es cierto. No son dobles ni traicionan a sus muertos. Dice un gurú del 15-M (qué desperdicio y qué malversación de la esperanza) que las víctimas son fascistas. Qué fascistas tan raros, que no han disparado un tiro, mientras los asesinaban en el ara de la raza pura. ¿Pero no era el 15-M un movimiento a favor de la participación del pueblo, de una renovación de la democracia frente a su secuestro por unos representantes que habían cristalizado en casta? ¿Las víctimas murieron por el pueblo, pero no son el pueblo? Infinita y eterna hipocresía de esa izquierda señorita que siempre se erige en voz del pueblo para vivir de él.

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