De Núremberg a Durango

La ruina económica deprime y angustia, pero no envilece. Fue en los días del oro muerto cuando nos rebozamos en trapisondas y desvergüenzas. Y hay una ruina mucho peor, la que acaece cuando la decencia, la dignidad, el respeto a uno mismo y la justicia se entregan para ganar el perdón de los asesinos. La foto de Durango, la de los sesenta criminales de ETA poniéndonos condiciones y exigencias, es la imagen de nuestra peor derrota: la moral.

O mejor, la no moral que hemos aplicado para vivir “bajo tolerancia”, como el título de aquel libro espléndido de José Agustín Goytisolo. Son ellos los que nos toleran, ellos los que nos perdonan. Es absurdo que esperemos el arrepentimiento del que ha ganado legalidad, elecciones, imagen, poder. He oído a uno de estos cretinos de la izquierda paraoficial (la coalición de la tontería y el sectarismo de la ziquierda con la hipócrita cobardía de la derecha gobernante es lo que nos está llevando a la liquidación) decir que lo importante es que los etarras «hagan política” y no sigan con el terror.

Hablamos de gente capaz de acercarse a un hombre por la espalda y descerrajarle un tiro en la nuca sólo por ser español (o judío, burgués, negro…). De asesinar y mutilar niñas con bombas lapa. De reventar hipermercados o autobuses. Es ante estos ante quienes hemos arrodillado a la nación que fuimos. Que el Estado-nación más viejo de Europa, el que inauguró la modernidad, haya caído en tal indignidad no es más que la metáfora de una Europa que avaló la humillación, y que está destinada a la subordinación y el olvido en el mundo que viene. La Europa de Núremberg hoy pone a los criminales en la calle y les da la voz. No sólo no deberían participar en política ni en nada: no deberían haber salido de la cárcel jamás.

Imaginemos a sesenta asesinos nazis veinte años después de Núremberg en una foto así, chuleando a la democracia y a las víctimas del holocausto. O a Pol-Pot y sus jemeres rojos condicionando la política en Camboya y exigiendo separar a una parte del país. O a los asesinos maoístas responsables de los crímenes de la Revolución Cultural. O a Stalin, el mayor genocida de la historia, leyendo un comunicado con sus reivindicaciones. O a los que cortan cabezas en Al-Qaeda presentándose a las elecciones. No hay crimen más execrable que el político. Matar por amor (sexo), por ambición, por codicia, por orgullo, por algunas de esas pulsiones que nos hacen desdichadamente humanos no se justifica, pero es la vida misma. Matar por la independencia de Euskadi o por la raza aria no tiene perdón posible. La lección de Núremberg fue, precisamente, que no había perdón para quienes habían alcanzado tales extremos de iniquidad y estupidez unidas. Occidente sostuvo allí lo que lo hizo grande: una civilización donde no tenían cabida quienes atentaran contra la humanidad misma. Durango es su contralección. El hundimiento de una España cobarde que seguramente no merece perdurar.

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