La abdicación de España

Con la muerte de Adolfo Suárez y la abdicación de Juan Carlos I se acaba la España que inaugurábamos, jubilosos y esperanzados, en aquellos años finales de los setenta que hemos bautizado como la Transición. Éramos entonces una nación unida y alegre, que creía en el futuro y en la bondad universal. Siempre he pensado que fue aquella fe ingenua la que nos trajo casi treinta años de libertad y prosperidad. Y de fiesta, porque España se convirtió, a los ojos del mundo, en lo que siempre había sido: el país con la forma de vida más alegre y envidiable de su tiempo. Pero aquella fiesta se acabó con los atentados de Atocha, ante los que reaccionamos con una cobardía y desunión de las que ya no nos hemos recuperado.

Aquellos crímenes inauguraron la década que en el futuro, sin duda, será calificada como ominosa, ruinosa, destructiva. La década del gobernante más dañino en siglos, Zapatero, al que sucedió un partido acobardado e incapaz de emprender la tarea de regeneración a que estaba obligado. Zapatero sí que supo dejarlo todo atado y bien atado. Su propósito fue desde el principio cargarse esa España de la Transición que consideraba traidora a los ideales republicanos que él venía a servir.Y su tarea principal fue hundir los pactos, reabrir las heridas, recuperar la discordia y el enfrentamiento civiles, y romper la nación misma, alentando los separatismos vasco y catalán como aliados en esa tarea de ruptura que no se había hecho treinta años atrás. Su éxito ha sido casi completo, con un único efecto colateral: la merecida destrucción –cordero sacrificial por un bien superior- de su propio partido, ese PSOE que lo encumbró y lo adoró, corrompido hasta el encanallamiento más absoluto, y que ni siquiera hoy, en su ‘rodada’, se manifiesta decidido a abjurar de esa herencia.

Pero con el PSOE se desangra también el PP, que ha demostrado ser parte de la misma estructura podrida en la que la mayoría se ha dedicado a blindar sus privilegios, en lugar de encarar con valentía la desratización que el régimen necesitaba. Rajoy, el prudentísmo, decidió rodearse de tontos y centrarse exclusivamente en la tragedia económica que vivíamos, cierto, pero olvidando que de nada vale a un hombre ganar el mundo si pierde su alma. Y el alma era la Justicia, asunto en el que no se podía dejar suelto a Gallardón, ese peligro. Y la enseñanza, con una reformita que no arrancaba de raíz el logse-zapaterismo, como era y sigue siendo necesario. Y era la corrupción, que no podía disimularse negando a Bárcenas y manipulando jueces. Y era la Hacienda, persiguiendo el fraude verdadero, no las migajas de los asalariados, sino los castillos fiscales de los poderosos. Y era la reforma de un MultiEstado insostenible, fuente esencial de la deuda imparable que no han hecho otra cosa que incrementar.

Y era, en fin, la ETA impune a la que se le ponen los asesinos en la calle, y la Cataluña separatista contra la que no se ha ofrecido ni un solo argumento racional, mientras se la regaba de millones. Más aún: contra la que sólo han enviado al ministro de ¡Asuntos Exteriores! Mero anticipo, sin duda, del cambalache que nos están preparando, y por el que le concederán derechos históricos y un estatuto de privilegio constitucional frente a los demás españoles.

La que abdica de sí misma, junto al Rey, es España. Al menos aquella España feliz de nuestra juventud afortunada. Aquella que compartía objetivos, ilusiones y ganas de encontrar un sitio en la Historia. Una alianza imbatible de incuria, idiotez, resentimiento y granujería ha acabado con ella. La solución, por supuesto, no es la República, ni Salvados, esa fuerza política alimentada desde las televisiones de los plutócratas Lara y Berlusconi que incrementan sus beneficios con comunistas exitosos como Iglesias que luego se las cerrarán. He leído que en las concentraciones republicanas se coreaba que la solución es el socialismo. El de verdad, se supone, el que levantó el Muro de Berlín y sólo trajo, como es conocido, riqueza y libertad a naciones como Polonia, Camboya, Rumania, Bulgaria. O Cuba. En este camino de progreso al pasado terminarán paseando a la momia de Largo Caballero, “el Lenin español”, y demandando el regreso del padrecito Stalin.

Eso sí, España mañana será republicana y comunista, pero Arturo, Arturito, Artur seguirá diciendo que España podrá ser lo que quiera, pero “el proceso catalán continúa”. Fue Bismarck el que dijo que España era tan fuerte que los españoles llevaban siglos intentando acabar con ella y aún no lo habían conseguido. Habrá que recordárselo a Mas.

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