Igualdad y República

Mi abuelo Alfonso era republicano. No he sabido, sin embargo, hacerme una carrerita sobre su sombra. Como tantos, fue represaliado por la misma República que ayudó a instaurar, y que acabó convertida en mera carcasa de la tiranía del Frente Popular. La II República se la cargaron los republicanos cuando cambiaron (o les cambiaron) un proyecto democrático por un ensayo revolucionario. Hoy mi abuelo se moriría otra vez si supiera que, en nombre de la República, de la igualdad de todos los nacidos de mujer (de momento) que fue razón del fin de las monarquías, lo que pretenden sus supuestos defensores es consolidar la desigualdad.

No otra cosa han defendido nuestras penosas izquierdas desde la Transición, apoyadas por el vacío ideológico, las conveniencias y la cobardía de nuestras derechas: las diferencias fiscales, de derechos y de consideración según la lengua materna y la cuna regional de los españoles. Y, desde hace unos años, lo impensable: la discriminación ante la ley por delitos iguales en favor de las mujeres. Nadie hubiera creído, en 1975, cuando soñábamos con la libertad y la igualdad, que la injusta discriminación histórica de las mujeres iba a terminar en injusta discriminación contra los hombres, y que un crimen cometido por mano de mujer sería menos penado que el mismo crimen por mano de hombre. O que casi cuarenta años después de la muerte de Franco, las parejas de hecho seguirían sin una ley que las igualara a los matrimonios en los derechos básicos, tras el engaño del matrimonio gay zapaterista. Queríamos acabar con el matrimonio, y toda la progresía ha acabado en la Iglesia o ante un puñetero juez. O peor: ante un concejal. ¿De Urbanismo?

En cuanto a las desigualdades de cuna, si eres navarro o, sobre todo, vasco, además de unos derechos históricos propios del Antiguo Régimen, inconcebibles en un país moderno tras la Revolución Francesa, pagas menos impuestos y gozas de una financiación esplendorosa que te permite tener unos servicios mucho mejores que los del resto de españoles. Si eres catalán, vasco, balear, gallego o valenciano puedes imponer una enseñanza monolingüe frente al derecho de quienes piden aprender también (no sólo) en español. Y acceder a la función pública de las regiones ´castellanas´, pero no a la inversa. Un Estado en verdad republicano no lo hubiera tolerado nunca. ¡Ah, la France!

Y, sin agotar el asunto, si eres catalán o vasco cuentas con cuerpos policiales armados de obediencia nacionalista -con sueldos superiores a los cuerpos del Estado-, y gastos desmedidos en políticas exteriores directamente dirigidas contra España, que te los subvenciona. Los republicanos de hoy, tan falsos, defienden, como remate, que los nacionalistas puedan votar si se separan del resto, pero el resto no pueda decir ni pío. El referéndum catalán, que se hará, porque la falta de coraje y convicciones de nuestra clase dirigente es secular, significará por sí mismo el fin de la nación. Y la República siempre fue patriótica, española por encima de todo. Hasta hay un candidato del PSOE, Pérez Tapias, formado en el agua bendita, que pide federalismo plurinacional. Un oxímoron, la cosa y su contraria. Y da clases en la universidad. En nuestra miserable universidad, primera institución corrupta de España, «Escuela de Mandarines» tan podrida de endogamia y cooptación como los propios partidos que critican los Monederos y los Iglesias que viven de ella. Son geniales. Y se dicen republicanos. ¿República? Sí, pero para todos. Y para todo.

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