J’aimerais bien être français aujourd’hui

La tragicomedia de España, eso que la sitúa como exponente de la farsa, del esperpento, del sainete, no es que convivan en ella malamente avenidas varias naciones, como sostienen sus células cancérigenas nacionalistas, y los tontos interiores, sino que no tiene ninguna. España fue una gran nación, una de las más grandes de la Historia, la que creó una civilización universal y llevó su lengua, su religión, sus leyes y sus universidades a medio mundo. Pero hoy ya no es una nación, porque la cesión permanente frente a quienes han trabajado sin pausa por corroerla ha terminado dando su fruto. Ahora bien, los que tampoco son una nación en absoluto son precisamente aquellos que presumen de serlo: vasconavarros y catalanes.

Ellos menos que nadie. Ellos son los que han vivido y aún viven en guerra civil, divididos y enfrentados, con la huella de sus crímenes aún caliente, los unos; mientras los otros han recuperado la que ya han vivido en diversas ocasiones, esa escisión de identidades que hoy ha alcanzado su exacerbación. Los españoles hemos tenido que sufrir las luchas intestinas de vascos y catalanes, en las que nos hemos visto envueltos durante los dos últimos siglos, sobre todo, y que son las que han acabado con nosotros. Nuestras guerras civiles tuvieron siempre tres componentes: el ideológico-económico, el religioso y el tribal. El ideológico y el religioso eran comunes a todos, el tribal era exclusivo de ellos, los enfrentaba entre sí y contra nosotros. Pero de haber sido verdaderas naciones, de haberse presentado alguna vez unidos ante la Historia, hace tiempo que ya no serían españoles o acaso no lo habrían sido nunca. Por eso jamás fueron independientes, porque no fueron nunca una nación. Entre otras cosas, porque siempre necesitaron nuestra lengua para salir al mundo.

Una nación es lo que yo he visto esta tarde en la comparecencia del presidente Hollande ante la Asamblea conjunta de todos los parlamentarios franceses. La he podido ver en francés en TV5 (que no es el telecinco de aquí, donde el francés sería otra cosa). Un discurso bellísimo, vibrante, absolutamente democrático y, por ello, radicalmente convencido de la necesidad de defender la civilización frente a la barbarie. Con todos los medios. Sin complejos para anunciar un aumento de las fuerzas de seguridad que, en una democracia, nos representan a todos. Sin miedo para enviar a su portaviones más poderoso al Golfo para darles su merecido a estos canallas. Sin miedo, como una nación, para cantar juntos, oposición y gobierno, derecha e izquierda, la Marsellesa con una emoción que nosotros desconocemos. Como una nación.


Como una nación en la que la oposición no se planta, tras los atentados, en la sede del partido gobernante a pedir sus cabezas, ni se pasan mensajes para dar palizas a sus militantes. Como una nación que llora y canta unida y orgullosa de lo que es y de lo que ha sido. De haber dado, por ejemplo, estudios, servicios y hasta nacionalidad a aquellos que hoy pretenden destruirla. Como una nación dirigida por hombres y mujeres que saben lo que defienden, y no por mequetrefes miserables y tontos del haba sin arreglo que siempre se rinden preventivamente y hablan de los niños que mueren en el Líbano, como si eso fuera culpa de los que bailaban heavy (¡Viva el heavy!) en una sala de París. Como una nación que no sólo no retira sus tropas, sino que las incrementa. Como una nación de ciudadanos, sin otra identidad que la ley, que es el progreso y la libertad, frente a los asesinos y sus cómplices ideológicos, los únicos que hoy buscan conservar todavía un mundo premoderno donde los hombres se diferencian por razones de sexo, de color, de religión o de lengua. Es el terror contra la libertad. Y nuestra fuerza, lo ha dicho Hollande, es el Derecho: “La force est le Droit”. Por eso el Estado francés, la Nation, no tiene miedo a usar la fuerza, porque saben que la ley está con ellos. Por eso cantan la Marsellesa, que es la canción del orgullo y la defensa de la libertad. Y nosotros solo tenemos cánticos regionales.

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