Lavado de Otegui

¿Debería un periodista, de haber podido, entrevistar a Joseph Goebbels, ministro nazi de Propaganda, o a Heinrich Himmler, responsable de las SS e ideólogo del Holocausto, o a Pol-Pot, el tirano comunista y genocida de Camboya, o al mismísimo Stalin para que explicaran las razones que les llevaron a promover el exterminio organizado que llevaron a cabo?

Este es un viejo conflicto periodístico y, por tanto, moral, sobre si se puede, sin asimilarse con el asesino, ponerle un altavoz al mal para que pueda presentarse como el bien. Es decir, para que pueda argumentar, en este caso entre la neutralidad impostada de quien le hace de altavoz, sus razones para el asesinato, lo que termina por presentar el crimen como razonable.

Para un periodista se trata de una tentación muy poderosa y, como en todas las tentaciones, presta a dotarnos de autojustificaciones más que suficientes para calmar nuestra conciencia: al mal, por ejemplo, hay que conocerlo para prevenirse contra él. O los periodistas no juzgamos, sólo hacemos de puente, asuntos que un antiguo compañero mío de redacción llamaba “la excusa de la profesionalidad”.

Pero lo que no podemos ignorar es el contexto y la actitud de quien hace de interlocutor del mal. La actuación de amplificador de Évole, un personaje que finge ser lo que es, hay que situarla en el centro de la actual campaña de lavado o blanqueo de Otegui, aspirante a presidente del País Vasco con el apoyo de Podemos (hoy, la nueva ‘confluencia’ Podemos-IU ya pasea a Otegui por Europa entre la vergonzosa abstención de un PSOE cuyos muertos escupirán bajo sus lápidas), con el fin de presentarlo como un hombre razonable y pacífico, que si protagonizó, justificó y apoyó los crímenes de una banda neonazi, fue porque no pudo hacer otra cosa. Y algo más terrible aún: porque era justo hacerlo.

Por eso no pueden pedir perdón ni arrepentirse. Al contrario, lo que pretenden es imponer una interpretación de cuarenta años de terror por la que las víctimas fueron inevitables, y dolorosas, pero la razón era de ETA. Porque lo espantoso, lo que se quiere blanquear para siempre, el mal verdadero no es Otegui, sino la ideología que encarna Otegui, el odio étnico e ideológico por el que aquellos nobles muchachos descerrajaban un tiro en la nuca o ponían bombas a las niñas sin pestañear. No estás divulgando a un monstruo, sino a una ideología monstruosa. La misma por la que hombres que amaban a Beethoven enviaban a seres humanos a las duchas de gas.

No se trata, pues, de la entrevista a un criminal abominable, como el caníbal de Alemania o el miserable Nanisex, esas aberraciones de la especie, aunque haya otros iguales. La entrevista de Évole no trataba de ahondar en el mal, porque terminaba presentándolo como normal, como algo que, equivocado o no, podía atraer a chicos no especialmente malvados. Eso es el horror. Eso fue el nazismo. Lo que se hace con Otegui es mostrar como comprensibles –todo es ya ‘comprensible’ hoy- las ideas malignas que empujaron a un pueblo noble y amable a un envilecimiento extremo, al punto de considerar el asesinato y el odio racial como actos heroicos.

Sólo una cosa más que quiero destacar de aquella entrevista, porque no lo he leído en los muchos comentarios que se han hecho, y porque resume cuanto estoy diciendo. En un momento, Otegui pide que ya que ellos, la ETA, ha renunciado a seguir asesinándonos, es hora de la reciprocidad: de soltar a sus presos, dedicarles una calle y asignarles un buen retiro. Dejar de matarnos merece un premio.

Lleva razón Otegui: nunca hubo reciprocidad. España no utilizó a su policía para sacarlos como ratas de sus casas y asesinarlos de rodillas como ellos sí hicieron con Miguel Ángel Blanco. Siempre, salvo el chapucero y triste episodio de los GAL y algún otro crimen, como los de Lasa y Zabala, que la propia democracia se encargó de juzgar y condenar, el Estado actuó con la ley y desde la ley.

La grandeza de esta democracia que tanto baqueteamos, y uno de los mayores motivos de orgullo que deberíamos sentir los españoles, es que, en efecto, Otegui, nunca hubo reciprocidad. Como escribí en una ocasión ya lejana, nosotros siempre pusimos los muertos y la pasta. Hoy, gracias a Dios y a unas policías ejemplares, y no, desde luego, a vosotros, ya sólo ponemos la pasta.

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