Ciega y sorda en un mundo de mentes obtusas que no entienden el canto de los pájaros ni sienten las cicatrices de los árboles.
Sufrí y lloré tanto al verla que no puedo trasladar mis sentimientos porque a lo mejor vuelven a sonar las campanas de arrepentimiento en aquel convento de finales del XIX, en una Francia verde y frugal.
Tuve una hermana tan parecida que me dolía el corazón en cada secuencia en donde veía a la cría destrozada e incomprendida. Tan solo la calmaba el olor del acero de aquella pequeña navaja, salpicar las aguas del río claro y sentir en sus huesos cerebrales las notas del piano. Y por supuesto ella, la que sabía que era su destino y luchó por dominar aquella locura.
Se llamaba Marie, y mi hermana Ruth. Fue la última en nacer de 8 hermanos y la primera en partir, pero cada día me acuerdo de ella.
¿Me oyes?. ¿Me ves?. ¿Me entiendes?
3***