La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Recuerdos de un santo, Juan Pablo II

Hoy quiero que mi primer recuerdo sea para la persona pública a la que más he admirado, Juan Pablo II. Me vienen ahora a la mente las imágenes de un acontecimiento que convulsionó el orbe mundial. Son las sensaciones de un día, el 2 de abril de 2005, en que el Santo Padre cruzó el umbral de la Esperanza para abrazar a Dios.

Es imposible, en tan breves líneas, detallar aquí las innumerables gestas de su Pontificado. Sólo diré que Juan Pablo II fue el Papa del Amor (a Dios y a todos los hombres), de la Libertad (haciendo frente a todos los totalitarismos más abominables de nuestro tiempo), del Perdón (perdonando de corazón a aquel que atentó contra su vida,“su hermano” Alí Agca, además de tener la humildad de pedir perdón por todos los errores históricos de los hijos de la Iglesia), de la Universalidad (difundiendo el Evangelio por los cinco continentes, buscando acercar la Fe a todos lo hombres), de la Vida (defendida desde la coherencia, rechazando tanto el aborto y la eutanasia como la pena de muerte y la totalidad de las guerras) y un larguísimo etcétera.

Personalmente he gozado el regalo de verle y oírle en diversas ocasiones. En tales jornadas viví una experiencia inolvidable. Sentí como un Santo nos decía a mí y a millones de personas: “No tengas miedo de seguir a Cristo”. A través de ese joven de 84 años pude contemplar a Dios, pues a todos cuanto le vimos nos trasmitió su inmensa fe. Era el Papa de lo jóvenes, como lo era de los niños , los ancianos, los pobres o los enfermos. El Papa actor, obrero, atleta y deportista, además nos enseñó a comprender que la vejez, la enfermedad y la muerte también forman parte de la vida. De ahí su última lección, permaneciendo en la Cruz, sin abandonar su puesto, hasta que el Señor se lo llevó consigo.

Recuerdo aquellos impresionantes días en que millones de personas colapsamos Roma para mostrarle al Papa nuestro eterno agradecimiento, teniendo la suerte de ser yo uno de esos peregrinos. Allí, la tarde antes de su entierro, tuve el privilegio de arrodillarme ante su cuerpo inerte y dirigirme ante su alma viva. En esos instantes más que rezar “por él”, le recé “a él”. Inolvidable fue en su funeral la sentida y bellísima homilía del entonces cardenal Ratzinger (sólo Dios sabía ya que él sucedería a su amado amigo), interrumpida por los constantes aplausos de la masa multicolor que invadía la plaza de San Pedro y toda Roma . Así como mágico fue el instante en el que el féretro de Juan Pablo II fue mostrado por última vez al mundo antes de ser enterrado. Una ola de lágrimas, aplausos y gritos de “Santo, Santo” hicieron vibrar San Pedro y al mundo entero. En ese momento se ponía fin a una de las páginas más grandiosas de la Historia de la Humanidad. ¡Ora pro nobis!

Miguel Ángel Malavia Martínez

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Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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