“Hay que conocer la Historia para no volver a cometer los errores del pasado”. Esta es una frase muy coherente, pero con la que ya no estoy de acuerdo. Si hoy volvemos la vista hacia el pasado, hacia cualquier época o contexto concreto, nos encontramos de forma nítida con la inagotable capacidad de destrucción del ser humano. Veremos guerras, ejecuciones, todo tipo de regímenes autoritarios y un interminable etcétera.
Serán muchos los que al leer esto piensen en las dos guerras mundiales o el holocausto nazi y soviético, considerando que tales sucesos horrendos han supuesto el cúlmen del terror al que puede llegar el Hombre. Pensarán los que compartan la afirmación del principio que, por tanto, mediante el riguroso conocimiento de estos hechos, jamás volverán a pasar.
Los que vivimos en el mal denominado “Primer Mundo”, teóricamente, habitamos en sociedades democráticas y gozamos de un pleno régimen de libertades. Según nos dicen, vivimos en la época “del progreso y la modernidad”.
Pues bien, yo creo que nuestra época actual, en muchos aspectos, es una de las más horripilantes en la Historia de la Humanidad, siendo la principal causa de ello la progresiva desnaturalización de la condición humana. Hoy vivimos una brutal pérdida de los valores elementales.
Y digo esto con profundo pesar, pero los hechos así me lo demuestran. Veo como las guerras, siempre injustas, siguen su curso, cada vez con materiales más destructivos. Veo como, literalmente, medio mundo se muere de hambre y enfermedad, mientras que el otro medio, con los medios a nuestro alcance para evitarlo, no hacemos nada por evitarlo.
La lista de crímenes (sí, he dicho crímenes) es prácticamente infinita. Pero me voy a limitar a comentar un acto deleznable que hoy es práctica habitual en nuestra “avanzada civilización”: el aborto. El asesinato de millones de vidas no nacidas constituye el mayor Holocausto conocido, superando con mucho las cifras ocasionadas por Hitler, Stalin y compañía. Evidentemente, a la madre se le concede el “derecho” a elegir, pues eso es lo democrático. ¿Pero dónde está el derecho real a la vida de aquél que no la puede defender en absoluto por sí mismo al ser la inocencia pura?
Sin embargo, este Holocausto no será plasmado en los libros de Historia. Las generaciones del futuro no podrán aprender de nuestro error porque no lo conocerán. La causa es que la pérdida de valores es tan acuciante que ya no distinguimos el Bien del Mal. Yo no me pongo en un plano superior moralizante. Soy el primero que cometo errores imperdonables. Pero por lo menos quería dejar constancia de que rechazo frontalmente el sacrificio de las vidas más esencialmente inocentes. No quiero que alguien en un futuro conozca la Historia y me pregunte lo que les preguntaban a los alemanes de tiempos de Hitler: ¿Dónde estabas? ¿Te daba igual lo que pasaba?
Soy consciente de que con estas ideas contradigo lo “políticamente correcto”. Por ello, en pleno régimen de libertades, tolerancia y progreso, para muchos no mereceré otros calificativos que los de facha, retrógrado o ultraconservador. Me da igual. Lo digo con claridad: ¡No al aborto!
