La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Paseando por Montera

Una de las cosas que más disfruto es recorrer las calles de Madrid. De día o de noche, por Sol, Gran Vía, Cibeles, Colón, Plaza Mayor… Madrid es historia, vida y un sinfín de almas que se entrecruzan por las calles a toda prisa. Paseando por sus aceras puedes sentir muchas cosas, buenas o malas, epopéyicas o infernales, según el micro universo que atravieses. Pero sin lugar a dudas, el barrio que más me impresiona es Montera. Para los que no conocen la capital, hay que decir que es una de las calles que comunican Sol con Gran Vía. Muchos serán los que al escuchar tal nombre identifiquen la zona con una actividad. Sí, lo que antes era uno de los barrios más elitistas es hoy el foco principal de prostitución de la ciudad.

Siempre que cruzo esa calle (como ha sido el caso de hoy) me paro a pensar en lo cruel e inhumana que puede ser a veces esta vida. Además de paradójica y surrealista. ¿No es ciertamente penoso el que una chica joven y guapa, en la flor de la vida, se quede mirando a todos los hombres que pasan junto a ella con la intención que le paguen por utilizar su cuerpo como un juguete roto? Porque eso y no otra cosa es la prostitución: el que alguien pierda su dignidad y se la alquile por horas al mejor postor, aunque sea un desaprensivo.

¿Qué pensarán esas chicas cuando la gente pasa a toda velocidad a su lado? ¿Alguien se ha parado a pensar en ello? ¿Y que sentirán cuando unos y otros las miran con desprecio? ¿Y cuando cualquiera de estas sabe que la chica sonriente que va abrazada a su novio podía haber sido ella de haberse dado otras circunstancias en su vida, qué se pasará por su cabeza? ¿Será posible que muchos las vean como maniquís callejeros? ¿No pueden pararse a reflexionar tan solo un segundo y tratar de comprender qué es lo ha llevado a esa chica allí? Porque la vida es así. Según sea la suerte, un detalle o una circunstancia ajena a nosotros, cambia de un día para otro.

Quien realmente me da pena es la gente que mira a las prostitutas de Montera (o de cualquier calle o club de alterne del mundo) con desprecio. Así como los que observan de idéntico modo a los mendigos, los alcohólicos o los drogadictos. Todos somos muy de mirar por encima del hombro y de pensar que en el fondo los desgraciados lo son porque se lo merecen. La lástima es que ellos jamás sabrán qué hubiera sido de su vida si ésta hubiera entrado en una espiral distinta, incontrolable. Es una pena que no seamos conscientes de lo cerca que estamos siempre del abismo.

Sé que lo que he escrito aquí, a impulsos, desordenadamente, no interesará a casi nadie. No es un artículo de opinión ni el retazo de una ideología. Es simplemente un sentimiento. Es lo que he experimentado hoy (como muchos otros días, en que sólo veía sus miradas vacías) mientras subía por la calle Montera. Es lo que me gustaría decirle a cualquiera de esas mujeres que hoy he visto. Es el abrazo que nunca les daré y el “no te sientas mal, podía haber sido diferente”, que jamás me atreveré a decirles.

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