Está sucediendo aquello que hace un tiempo parecía impensable. No son tan lejanos los días en los que todo el mundo trataba con un profundo respeto a Juan Carlos I. Eran días de vino y rosas, en los que hasta el más acendrado republicano se declaraba ‘juancarlista’. La Monarquía, sólida como una roca, aparecía como el paraguas de contención de nuestra antropo-hispánica manía de tirarnos siempre los trastos a la cabeza. Tras una guerra fraticida y una dictadura de hierro de casi cuarenta años, la Monarquía Constitucional se erigía como el baluarte último de la paz definitiva. Por lo menos, ante el recelo de muchos respecto al Príncipe de Asturias (dicen que no es tan simpático como su padre: castigo imperdonable para la España que sigue las andanzas de la Pantoja y el Cachuli), todo parecía indicar que la Institución antes cuasi divina no peligraría bajo el reinado de Don Juan Carlos. No ha sido así.

Estamos viviendo una campaña orquestada (¿por quién?) con la clara finalidad de movilizar las conciencias ciudadanas e implantar una nueva moda: la Monarquía es algo viejo e inútil, por lo que ha de ser sustituida. Si antes todo el mundo alababa al Rey y contaba anécdotas que lustraban “lo simpático” que es, ahora saldrán a la luz los comentarios más lúgubres. De hecho, ya han comenzado. ¿O no han oído decir que se lleva mal con Leticia Ortiz, la que algún día debería de ser la Reina? Será verdad o no, importante o nimio (yo opto en ambos casos por lo segundo), pero en un país en el que la opinión pública es movida por las revistas del corazón y el ‘Tomate’, éste es un punto de fricción entre la Corona y su pueblo.
En el mismo juego entran los borrokas independentistas vascos y catalanes (sí, he dicho borrokas catalanes, ¿o es que acaso en Cataluña no cometen actos de violencia callejera?) quemando banderas españolas y fotografías de los reyes, así como la artificial polémica creada en torno a la censura del ejemplar de El Jueves en el que se mofaban de los príncipes. Todo vale para que se hable de la Monarquía, y mal.
Pues en estas yo me declaro monárquico, además de ‘juancarlista’. Creo en una Corona de todos, que represente la Constitución de todos, que nos represente a todos los españoles. No quiero un Jefe de Estado perteneciente a un partido político o adscrito a una ideología. Quiero al mejor embajador posible para nuestro país. Aquel que se reúne con Bush cuando éste no se ha dignado a recibir a nuestro presidente en casi cuatro años (dogmatismos antiamericanos a parte, para España es mejor mantener una buena relación con EEUU). Aquel que es reconocido con prestigio más allá de nuestras fronteras. Y creo en la Monarquía, en definitiva, porque representa la unidad de una España que se olvidó de los odios seculares que la dividían y apostó por la Constitución de la paz, la estabilidad y el desarrollo.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
