Mi admiración por Rosa Díez, ya lo he dicho aquí en varias ocasiones, es prácticamente ilimitada. Por ello, en cuanto tuve noticias de la fundación de un nuevo partido bajo su dirección, me llevé una gran alegría. Creo que este país necesita un grupo de izquierdas que defienda con orgullo el nombre de España. Por mucho que ahora el PSOE realice juegos de artificio y haga ver lo contrario, la realidad es que no tiene un profundo sentido nacional. Y si no, a las pruebas me remito. ¿Qué político socialista ha seguido el ejemplo de varias alcaldesas populares en el País Vasco y ha defendido hasta el final la bandera de todos? ¿Quién ha dado el protagonismo que no merece a ERC? ¿Quién no le ha dicho con rotundidad a Ibarretxe que lo que pretende es sencillamente ilegal? ¿Quién ha seguido la política de la ambigüedad en Navarra, hasta el extremo de que nadie pueda asegurar quién gobernará en tal comunidad pasadas las elecciones generales? Lo siento, pero no me fío de un partido que sólo se acuerda de la palabra “España” cuando se acercan las elecciones.

También creo que UPD, el partido de Rosa Díez, acierta cuando habla de la necesidad de regenerar nuestra democracia. Pienso que hay un hastío generalizado con nuestra clase política. Muchos de los que votaron a Zapatero han caído pronto en la decepción más absoluta y han comprobado cómo se ha marchitado el famoso “no nos falles” que le gritaron al presidente la noche en la que fue elegido. Sin embargo, son también muchos los que no confían en un Rajoy que no consigue germinar en el conjunto de la población un mensaje ilusionante, positivo, que no sólo se dedique a criticar al adversario.
Por eso creo que es una extraordinaria novedad el que haya un partido de izquierdas que se desmarque de Zapatero y reivindique su apuesta por principios de base como la defensa de la unidad nacional, la igualdad real de todos los ciudadanos o la exigencia del cumplimiento de la Ley. Son elementos lógicos en cualquier país, pero que aquí a veces se nos escapan. Por ejemplo, si Rosa Díez fuera presidenta del Gobierno, no recibiría a Ibarretxe para decirle un “no” tranquilo y sosegado. Le recordaría que, como presidente de una autonomía encuadrada dentro del Estado Español, es un elemento más del propio Estado; y por tanto, la amenaza a ese Estado constituiría una ilegalidad que le invalida para el cargo que ocupa. Sencillamente, coherencia en la aplicación de la Ley.
Dicho todo esto y puesto que no quiero ser un hipócrita, voy a decir porqué no votaré a UPD: Considero que tiene un tic jacobino cuando afirma que tendrá como uno de sus máximos principios la defensa del laicismo. Lo siento, pero cada vez que escucho al filósofo Savater decir que lo que rechaza del PP es su defensa del “costumbrismo español más arcaico y rancio”, en referencia a nuestra cultura cristiana, sencillamente percibo un tufillo anticlerical que no me gusta nada.
Yo apuesto por la permanencia en nuestra Constitución del valor de la aconfesionalidad del Estado. No creo en el laicismo, esto es, la reducción de la espiritualidad a lo absolutamente individual, prohibiendo su proyección a la esfera de lo público. Opto por una Ley Suprema que refleje lo que somos. Puesto que somos una democracia, que cada uno pueda mostrar libremente su fe. Otro día trataré este tema, pero desde aquí ya aclaro que soy un firme defensor del velo islámico para la mujer que libremente desee levarlo. En cualquier sitio, incluida la escuela.
Quiero que Religión y Estado no vayan unidos, pero tampoco apoyo que se rechace nuestra historia y se niegue una realidad: España, a día de hoy, sigue siendo mayoritariamente católica. Por ello entiendo que el Estado, manteniendo siempre su neutralidad, reconozca una realidad social actualmente existente. No digo una barbaridad; la propia Constitución, en el establecimiento de la aconfesionalidad estatal (artículo 16.3), reconoce implícitamente el valor especial de la religión católica en nuestra sociedad. El citado artículo dice así: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”. ¿No está bastante claro? Pues ya lo saben los que deliberadamente mienten cuando dicen que España es un país laico. Y para los que quieran acabar con este principio de respeto y reconocimiento de una realidad, que no cuenten con mi voto.
Aclaro que no hablo por Rosa Díez, a la que en una ocasión, personalmente, la escuché reafirmar su “respeto” por la Iglesia, “a pesar de no ser cristiana”. Si así hablaran otros compañeros de su partido, mi simpatía por el nuevo proyecto sería total. Creo en España y defiendo a quien en ella cree, pero este apoyo no se plasmará en un voto si esa defensa va unida a socavar uno de los principios fundamentales en los que se articula nuestra convivencia.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
