La historia que hoy recuerdo aquí es la de un amor incondicional, que implica la entrega absoluta del amante por la persona amada, hasta el punto de renunciar a toda su vida por ayudar a quien lo necesita. Nos situamos en la Inglaterra de entreguerras, en el primer tercio de un siglo XX dominado por la irracionalidad y el odio más absolutos. En medio de ese tiempo de guerra, muerte y dolor, esta historia de amor sacrificado adquiere si cabe aún más valor.
Siempre se ha dicho que detrás de un gran hombre hay una gran mujer. Sin embargo, hoy quiero recordar la historia de una increíble mujer, sostenida por el amor incondicional de su marido. Todo el mundo ha oído hablar de Virginia Wolf, una brillante escritora inglesa de la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, injustamente, no es tan conocido su marido Leonard. Este es el momento de comprobar en qué grado fue importante Leonard para que hoy Virginia Wolf sea recordada como una de las más grandes escritoras de todos los tiempos.
El 25 de enero de 1882 nacía Adelina Virginia Stephen, siendo éste el nombre originario de la literata británica. Y ya desde muy pequeña se mostró en su carácter el gran problema que lastraría el resto de su vida: era maniaco depresiva. Por desgracia, la enfermedad era una herencia familiar y también la padecían su abuelo, su padre y sus hermanos. Así, podemos imaginar que la vida en su casa debió de ser sumamente difícil. Por si fuera poco, a los trece años su madre murió y ella atravesó su primera gran crisis. Aún así, a pesar de la enfermedad, ella siempre demostró un inusitado interés por la literatura. Esto tenía un valor añadido, ya que por ser mujer sus padres jamás la llevaron a la escuela, siendo ella autodidacta.
Años después conoció al hombre que marcaría su vida, Leonard Wolf. En 1912 decidieron casarse y ella heredó su apellido, pasando a conocerse ya con el nombre que la haría inmortal: Virginia Wolf. Al igual que ella, Leonard era una gran aficionado a la literatura y pronto comenzó a publicar sus obras. Conocedor del enorme talento de su mujer él fue quién más la animó a que también publicara sus escritos; algo que empezó a hacer con gran éxito desde entonces. No obstante, lo que podía haber sido la plácida vida de un matrimonio de escritores se vio truncado por la enfermedad de Virginia.
Sus crisis empezaron a ser más y más frecuentes, llevándola hasta estados de total locura. Durante esos ataques era capaz de cualquier cosa. En ocasiones se podía pasar tres días, con sus tres noches, hablando sin parar y sin ninguna coherencia. Otras veces creía que los pájaros la hablaban en griego. Lo peor era cuando, en plena paranoia, se creía perseguida por Leonard. En esas crisis, invadida por el odio, no paraba de insultar y pegar a su marido. Éste, enamorado de su mujer, soportaba estoicamente la rabia de ella. Sabía que luego, pasada la tempestad, ésta recuperaba el conocimiento y se arrepentía de lo ocurrido.
El problema fue cuando la alternancia de buenos y malos momentos dio paso a un estado avanzado de la enfermedad en el que las crisis eran constantes. Leonard dejó de lado su labor escritora y no se separó jamás de su lado. Intentó varias soluciones, como trasladarse desde Londres a una casa de campo o internarla temporalmente en centros psiquiátricos, pero nada funcionó. Los médicos le aconsejaron que ingresara a Virginia definitivamente en una institución mental, pero él se negó y dijo que nunca se separaría de ella.
Finalmente, el 28 de marzo de 1941 todo acabó. Después de varios intentos fallidos de suicidio a lo largo de su vida, aquél día Virginia se llenó los bolsillos con piedras y se introdujo en un río, dejando que la corriente se la llevara, hasta que murió ahogada. Pocos minutos antes de matarse, dejó a su marido una carta de despedida que decía así:
“Querido,
Me siento segura de estar nuevamente enloqueciendo. Creo que no podemos atravesar otro de estos terribles períodos. No voy a reponerme esta vez. He empezado a oír voces y no me puedo concentrar. Por lo tanto, estoy haciendo lo que me parece mejor hacer. Tú me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todas las formas todo lo que alguien puede ser. No creo que dos personas hayan sido más felices hasta que apareció esta terrible enfermedad. No puedo luchar por más tiempo. Sé que estoy estropeando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y lo harás, lo sé. Te das cuenta, ni siquiera puedo escribir esto correctamente. No puedo leer. Cuanto te quiero decir es que te debo toda la felicidad en mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bondadoso. Quiero decirte que todo el mundo lo sabe. Si alguien podía salvarme, hubieras sido tú. Nada queda e mí salvo la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir destruyendo tu vida por más tiempo.
No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que nosotros hemos sido.»
Leonard padeció mucho con la pérdida de su mujer. No obstante, tras rehacerse, dedicó los años siguientes a conseguir que la obra de Virginia no quedara en el olvido, pues en la conservadora Inglaterra de la época no se veía con buenos ojos lo escrito por una mujer tan conflictiva. Durante mucho tiempo no paró de visitar editoriales y promover el estudio de los libros de su amada por parte de numerosos investigadores. Gracias a él, que también podría haber sido un fantástico escritor, hoy todos conocemos el nombre de Virginia Wolf.
Desde aquí, el homenaje a Leonard Wolf y su ejemplo de amor entregado hasta el fin.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
