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Ayer, mientras veía la bellísima ceremonia de beatificación de los mártires del siglo XX en España, además de alegría y emoción, también sentí un golpe en mi conciencia. Una pregunta es la que estallaba una y otra vez en mí: ¿En la España de 1936 yo habría tenido la fuerza de ser un mártir? ¿Habría tenido la capacidad de amor, perdón y fe de estos 498 faros de Cristo? ¿O por el contrario, habría traicionado a Aquél que dio su vida por mí?
Sinceramente, no lo sé. Quiero pensar que sería coherente con mi fe, pero sé que eso habría que demostrarlo en un contexto tan atroz como el que derivó entonces en el odio fanático de la persecución religiosa. Debemos tener siempre presentes a los mártires y el inmenso valor del testimonio de quien da la vida por Cristo y perdona de corazón a su verdugo, haciendo valer las palabras del Cordero en su inmolación en la Cruz: “Perdónalos Padre, porque no saben lo que hacen”.
No basta decir que tal acto de entrega de los mártires “fue muy bonito” o que “todos debemos tratar de imitarles”. No, implica mucho más. Conlleva nuestro compromiso inquebrantable si nos llamamos cristianos. Si realmente creemos que Dios se hizo Hombre para morir por todos nosotros y lo hizo perdonando a aquellos que le vejaban, nosotros estamos obligados a seguir la misión que el Dios del Amor nos encomendó. Debemos ser testigos suyos y si la consecuencia de ello es la muerte, debemos aceptarla con la paz y la alegría del que sabe que el precio a pagar es minúsculo en comparación con el inconmensurable bien que nos espera: el Gozo y la Gloria junto a Dios.
Tengamos en todo momento presentes a los mártires. Démosles las gracias por su testimonio y pidámosles que intercedan por nosotros y nos transmitan la fuerza de su fe. La única fe, al fin y al cabo, coherente con el ser cristiano.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
