
Muchos domingos, en misa, observo con curiosidad a la gente que se sitúa en la fila para comulgar. Y percibo todo un mundo en aquellos que enfilan el camino a la unión con Cristo. Veo rostros serios, solemnes, alegres, felices… Veo niños, parejas de novios, familias enteras, ancianos, enfermos…
Son precisamente estos últimos, los que padecen graves enfermedades, los que más me impresionan. Tal vez pueda resultar extraño para aquellos que desconocen lo que es el sentimiento cristiano, pero ver a alguien que sufre de verdad dando las gracias a Dios por la vida es la mayor muestra de fe que pueda existir.
Jamás olvidaré la imagen que vi hace unos meses en la ermita de mi pueblo. Era un chico joven, alto y moreno. Tenía todas sus extremidades completamente arqueadas. Cada paso que intentaba dar provocaba que todo su cuerpo basculara con brusquedad de un lado a otro, hasta el punto de que en todo momento parecía estar a punto de caerse al suelo. Su cabeza estaba torcida y parte de su rostro paralizada. En el momento en que se levantó para recibir la Santa Comunión le seguí con la mirada. Cuando tras un enorme esfuerzo pudo comulgar, se dio la vuelta y vi la felicidad en su cara. Apenas podía esbozar una sonrisa, pero lo noté en sus ojos, en el aire de gozo que desprendía. Para los dudosos, yo sé lo que vi. Era feliz y tenía fe, esperanza y vida.
Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida, lo dijo con claridad: “La fe mueve montañas”. Ojalá yo, que gozo de salud y me considero un afortunado, tuviera una brizna de la fe de aquel chico. Aquel reflejo de Cristo que con su mirada podía cambiar el mundo.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
