
La plaza de Las Ventas, aquella que se concluyó bajo la monarquía alfonsina y que se inauguró ya con la república de la mujer que enseñaba el pecho, guarda un expectante silencio. Frente a frente, Islero, el toro de 495 kilos que mató al genio Manolete, y José Tomás, el arte hecho tauromaquia.
Despacio, como flotando, avanza un asceta que se llama José Tomás. Él lo sabe. Ésta es su tarde, en su plaza. Para esquivar una vez más a la muerte, para confirmar que no precisa de la mortaja para entrar en el firmamento de los dioses con muleta. Sus ojos reflejan concentración, pero también melancolía y trascendencia.
Llegado al centro del albero, el único espacio posible para la verdad, José Tomás enseña la muleta al toro deicida. Es en ese momento cuando empieza la sintonía celestial, siempre en silencio, que desarrolla una sucesión armónica y eterna de pases imposibles. Islero, aquel toro que un 28 de agosto de 1947 mató a Manolete en Linares, no puede hacer nada ante el nuevo genio que se pone ante él, no ofreciéndole otro paso sino su propio cuerpo, pero al que no logra alcanzar.
El público, ahogado en su propia congoja, es incapaz de articular un mínimo gesto ante la faena más grande de todos los tiempos. Los roces perfectos ligados en su justa medida, las pausas exactas, el misticismo de cada gesto, la inmortalidad de todo instante… El silencio. Cuando Islero cae definitivamente vencido y José Tomás sale por la Puerta Grande, el poeta lo hace en silencio. Nadie es capaz de gesticular, de gritar. Pero el éxtasis es tan palpable, tan evidente, que todos saben que el mito ha culminado en esa hora su arte. Por ello, sin pañuelos ni vítores, el artista sale por la puerta victoriosa acompañado únicamente de su soledad.
Las 22.000 personas que abarrotan el coso miran levitando y sin pestañear al torero. El silencio es absoluto, hasta asfixiar. José Tomás camina triunfante, pero si alguien pudiera penetrar en sus ojos podría ver en ellos un escondido poso de tristeza. Y no, no es por lo que piensan los macabros del morbo: el genio no piensa que la mayor gesta vivida en una plaza de toros sólo podía concluir en épica y mito con su propia muerte. Simplemente es que, en quien torea para vivir (“porque vivir sin torear no es vivir”), el cumplir con el mayor reto jamás soñado deja vacío. El resto ya es sólo aspirar a repetir, que no es poco.
Ah, ¡y va por Manolete!

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

