
Carlos y Nuria son dos novios que se casan este domingo en Villa del Río (Córdoba). Hasta ahí todo normal, ¿no? Sin embargo, para mí todo cambia cuando pienso que el Carlos del que escribo es ‘el Carlitos’. Más conocido en este blog como CCH…
Carlos es una persona muy especial. Aunque hace seis meses no sabía de su existencia, en este escaso tiempo me ha abierto su corazón y me ha hecho sentirle como un amigo verdadero. Tiene 43 años, mide y ocupa como dos veces yo, compañero inseparable de sus gafas, es andaluz de pura cepa, aventurero de mil y una noches, bonachón sin límites, siempre sonriente, ajeno a toda maldad y tremendamente humilde.
Precisamente eso, su gran humildad, es lo que más me llama la atención de su persona. Hablando con él te hace sentirte un “ser superior”, ya que no para de sacarte bondades por todos lados. Y a ti no hace sino darte vergüenza, ya que sabes desde el primer instante que él es infinitamente más culto, más inteligente y más sensible que tú. Sin exagerar, puedo afirmar que es un sabio de los de antaño. Habla varios idiomas, es flamencólogo, conocedor de miles de vinos, amante de la filosofía, la poesía, la pintura, la historia y un larguísimo etcétera. Puedes hablar con él del conflicto de Darfur y de los productos típicos de cualquier región agrícola de España en un mismo minuto. Y lo mejor de todo, es un sabio que jamás te lo hace notar con altivez.
Y ante todo es un auténtico apasionado de Cristo. Verdadero propulsor del necesario ecumenismo en mil y una iniciativas, guarda su escaso tiempo para ayudar del modo que sea a quién más lo necesite en ese momento. Su entrega al prójimo es tal que estoy seguro que jamás le dirá “no” a aquél que le pida un favor. Y siempre lo hará con la mejor de sus sonrisas.
De Nuria aún no puedo decir nada, puesto que aún no la conozco. Pero estoy seguro de la persona que veré en ella cuando la conozca este domingo vestida de blanco: una mujer esencialmente buena. No me hace falta saber nada más, pues no creo que haya mayor virtud en este camino terrenal que ésta: ser buena persona. Y lo ha de ser por necesidad. En un mundo como el de hoy, en el que predomina lo superficial, lo vacuo, lo vacío, la fachada… ha puesto sus cálidos ojos en la sencilla luz de la bondad a flor de piel. Son muchos los que no ven esa luz que a veces aparece como imperceptible, expuesta incluso a la burla por otros. Pero ella sí, Nuria la ha visto. Por eso sé que serán radicalmente felices.
Os invito a todos a que este domingo, a las doce del mediodía, elevéis vuestras oraciones por Carlos y Nuria. Se casan profundamente enamorados. De ahora en adelante vivirán juntos el resto de sus días con un testigo de excepción en medio de ellos: Dios.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
