
Hace seis años te fuiste de Las Ventas en medio de una lluvia de almohadillas, insultos y pitos. Tu rostro, desencajado por dentro, solemne en lo trágico por fuera, denotaba que aquella era la última vez. Yo también lo pensé. De hecho, al poco anunciaste tu retirada. ¿Por qué? ¿Cómo podía ser que te fueras así? Los más grandes no podéis iros por la puerta de atrás, dejando en el legado de la última imagen la cara de la derrota. Contigo pensé lo mismo que con Zidane, otro genio. ¿Cómo podía irse con un cabezazo sucio y rastrero? ¿Después de tantos clamores, tantos placeres, lo último era oscuro? No podía ser…
Pero tú has vuelto. Al igual que Zidane ha de volver, aunque sólo sea por un minuto, y marcar otra vez aquel gol de la Novena… Se lo merece. Nos lo merecemos.
¿Quién hubiera estado ayer en Las Ventas? Dios mío, ¿cómo fue? ¿Por qué dices que no a las cámaras? Sí, lo sé, para que aquellos 24.000 afortunados, sólo ellos, tengan grabadas en sus retinas hasta el final el día en que volviste a Madrid para cortar cuatro orejas. Para que luego Sabina nos lo cuente con letras de purísima y oro… Desde la distancia, en la grabación de un programa en un estudio de radio, mientras hablaba de Juana la Loca, pensaba en ti, pensaba en aquel señor de la cuarta fila del Tendido Alto en el Siete… en cómo estaría sucumbiendo al Arte, en cómo estaría disfrutando al ver la verdad del toreo delante de sus mismísimas narices. Debió de ser… sublime. Yo he visto temblar Las Ventas con el capote de Morante, con la izquierda del Cid, con la quietud de Castella… Yo he vibrado, he formado parte de ese estallido colectivo de felicidad ante el pase esencialmente puro.
Pero es que tú eres diferente. Tú eres la zapatilla, una junto a la otra, pegada al suelo, firme como una roca. Aguantas las embestidas del toro pidiéndole que te pase cerca, que te roce… Tus estatuarios (¡hasta cuatro consecutivos!), en los medios, mirando la frente, sereno, con tu mirada fija en la melancolía, sin morir en medio del delirio. Y luego tu entrada a matar: echándote literalmente ante los cuernos. Dicen que eres un temerario, un suicida… pero sigues vivo, mostrándonos el Toreo, así con mayúsculas.
Eres grande José Tomás, demasiado grande. ¿Serás verdad? ¿Algún día despertaremos del sueño y te veremos de calle, sentado en la grada, junto a Zidane? No, por favor…
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

