La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Diario de un peregrino en Tierra Santa. Capítulo VI: Jerusalén, siguiendo la Cruz entre la basura

Vuelvo a ese 4 de agosto en Jerusalén. Contigo, Jesús, en la cárcel donde lloras. Para ti, esa noche comenzó en el Cenáculo. Y allí nos dirigimos 54 peregrinos tras tus huellas. Contigo, Jesús. ¿Se puede mostrar lo que se siente al subir una segunda planta, tal y como detalla el Evangelio, y estar en la sala en la que tuvo lugar la Última Cena? ¡Imposible! Y es que no fue sólo la institución de la Eucaristía. Allí, en ese mismo espacio que pisábamos, fue el lavatorio de los pies, la bravuconada de un Pedro que luego fue traidor, la huida de un Judas que se vendía… Más tarde, tras la luz, allí sería la aparición del resucitado, el “toca con tus dedos las llagas de mis manos y pies y la herida de mi costado” al Tomás de la duda… El Pentecostés, con la recepción del Espíritu Santo… Allí, en el Cenáculo, estuvo la sede de la Iglesia de Jerusalén. Allí Santiago, las controversias con Pablo y Pedro, la Iglesia primitiva, el inicio de la fe. Todo esto lo recreaba mientras permanecía sentado en una sala desnuda, con los ojos cerrados, con la mirada puesta en Él.

José Antonio, nuestro magnífico guía –recomiendo vivamente su libro ‘Siguiendo sus huellas’, un magnífico instrumento para todo peregrino en Tierra Santa, desde el punto de vista histórico y espiritual–, en la planta baja, en una capilla anexa a una representación de la Dormición de María, nos leyó uno de sus emotivos relatos sobre lo que debió sentir la Virgen la noche en que Jesús murió crucificado. También en la planta baja, visitamos lo que los judíos consideran oficialmente (aunque la historiografía lo duda seriamente) como la tumba del Rey David, profeta de Dios. Ya ante su sarcófago, pude rezar con la kipá de tela que me había comprado, desechando la de cartón.

El corazón no paró, sino que aceleró en la Misa que tuvimos en una sala contigua (el Cenáculo pertenece a los judíos) a la que albergó la primera de todas. Tras el altar, una representación de la Última Cena a tamaño real en la que el sagrario estaba en el pecho de Cristo. Silencio. Estremecimiento. Fe. Alberto y José Antonio renovaron el sacramento del sacerdocio y, en su día, pues se conmemoraba ese 4 de agosto a San Juan María Vianney, el Cura de Ars, glosaron la figura del que protagoniza el actual Año Sacerdotal. Todo ello, en el espacio en el que la fuente de todo instituyó la Eucaristía y el Sacerdocio. ¿Cabía algún lugar mejor para estar que el que nosotros ocupábamos en un sencillo barrio de Jerusalén? Un paseo por la antigua ciudad, estructurada por los romanos, nos llevó a un breve descanso en el hotel.

Ya en la noche, lo que más me sumió en la estupefacción. Cumplimentando el recorrido de la Vía Dolorosa, hicimos un Vía Crucis en el que recorrimos el paso del Crucificado hasta el Calvario. Uno, que había imaginado esta escena en pleno campo, se vio sorprendido en una revolución sin fin. ¿Qué es la Vía Dolorosa hoy? O al menos, ¿qué fue para nosotros? ¿Para mí? Ruido, bullicio, inmersión en el bazar, ofertas de compra de objetos atribulados, un coche que nos planta el bakalao con el estrépito a do mayor, un minarete llamando a mirar a Alá, el móvil de unos malotes, un niño cargando unas cajas de electrodomésticos más grandes que él, suciedad, mucha suciedad, edificios destartalados, cables, antenas, un operario recogiendo la basura, olor a especias, graffitis en las paredes, recovecos, ascensiones, miradas de indiferencia, miradas desconcertadas, miradas insultantes, desconchones, suciedad, mucha suciedad, un chaval que se cruza corriendo, el silencio al estrecharse las calles y perderse el comercio, la paz al concluir el camino y presidir la noche unas luces electrónicas con la Cruz. Allí, el Calvario. Allí, la Muerte. Me emocionó ver así la Vía Dolorosa, pues entre medias del bullicio estaban los puntos que recordaban la presencia del ‘Ecce Homo’, el Simón de Cirene (pasaje que yo leí), la Verónica, la esquina en la que María vio a su Jesús caer… No lo imaginaba así, pero pensé en la escena de hace dos mil años y allí también encontré revolución: insultos, salivazos, puñetazos, burlas, piedad, lamentos, amor, morir por amor. Creo que la Vía Dolorosa no puede ser oración en calma. Ha de ser lucha, impacto en movimiento. Con este pensamiento, al llegar al hotel, fue con el que no pude reprimirme y ya allí escribí una primera postal de la emoción: ‘Tierra Santa: fe, fe, fe…’.

Aún me quedaba una aventura. Tras el fracaso en mis pretensiones por organizar una expedición para una escapada nocturna, tuve un episodio. Con ansia de cerveza, al toparme con el bar del hall ya cerrado, convencí a María Luisa para buscar un oasis en las cercanías del hotel. “Sin alejarnos mucho”, prometí. Al final fue un poco más. En una esquina, allá a lo lejos, vimos una luz. Ante ella, un callejón concluía en otra luz. Un bar oscuro y con la puerta abierta. Pasamos. Bajamos por una estrechísima escalera de caracol entre la oscuridad y llegamos a una habitación apagada e iluminada con una vela en su fondo: dos hombres jugaban a las cartas en una timba sepulcral. El de bigote, el supuesto dueño, sonreía malévolo. Con mi inglés macarrónico –“beer, beer… cerveza” – traté de convencerle, pero al final nos dijo que era un buffet y debíamos comer para beber. ¡Cenar allí, que llevaría al menos tres horas cerrado, y con todas las sillas sobre la mesa! Es más, dudo de que alguna vez haya cenado alguien en ese sitio. Al final, huimos de lo que entre risas imaginábamos como una tapadera para el tráfico de órganos humanos. Al final marchamos hasta otro hotel. Habían celebrado una boda. Gente tirada por el suelo, basura por todos lados y todo tíos con pinta de fakires que miraban fijamente a María Luisa. Tras un intento de huida por su parte, al final uno de ellos nos condujo hasta una nevera. Para ello, hubimos de sortear las sillas amontonadas en la entrada. ¿Y todo para qué? No tenían cerveza: mi primera noche en Jerusalén hubo de concluir con un Nestea.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Lo más leído