La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Mohamed no es una persona. «Es un puto inmigrante»

Mohamed llora. Mohamed se siente una mierda. A Mohamed le dicen que no es una persona.

Hace tres años, Mohamed decidió salir de su país: Sierra Leona. Buscaba una oportunidad. Para él, para su mujer, para sus hijos. Quería vivir mejor. Miraba al “paraíso” que le habían vendido: Europa. Dejó a su familia. Volverían a verse. Allá, aquí: él los traería. Atravesó miles de kilómetros. ¿Cómo? A pie, por desiertos y montañas; en autobuses, amontonado durante horas junto a una marabunta de desesperados como él. ¿Cómo? Pasando por encima de muchos cadáveres. Asfixiados, hambrientos, agotados. ¿Cómo? Presenciando asesinatos, violaciones, sufriendo palizas, durmiendo en la calle, en porquerizas. ¿Cómo? Pagando los sobornos de mafias y gentuza encargada de garantizarle el paso hasta otra frontera, pagando bajo manga a policías corruptos. ¿Cómo? Jugándose la vida en la última parada. El cayuco vecino naufragó. Murieron 45 personas. De ellos, tres embarazadas y cuatro niños.

Pero llegó. A España. Sonrió. Duró poco. El paraíso era mentira. Aquí no era una persona. Era un mulo de carga, una máquina de producir. Era un objeto. Cayó en manos de señoritos empresarios. De sol a sol, cogiendo aceituna. El salario: miseria absoluta. Cayó en manos de las mafias. De sol a sol, vendiendo pañuelos a pie de playa. El salario: miseria absoluta.

Unos amigos le hablaron de Italia. Llegó a Nápoles. Cayó en manos de las mafias. Trabajando en lo que fuera. El salario: miseria absoluta. Sin rechistar. Hasta que llegó la crisis y él y todos sus compañeros cayeron en desgracia. Sobraban. La mafia les señaló. Dieron una lección y se cargaron a tres nigerianos. Hubo reacción negra. Le siguió la caza al inmigrante. Cientos y cientos de heridos. Salió en los telediarios.

Mohamed llora. Mohamed se siente una mierda. A Mohamed le dicen que no es una persona. Mohamed ve la tele y oye hablar de Vic, de Torrejón. De Zapatero y Rajoy, palabras huecas y soluciones vacías. De Berlusconi y de la Liga Norte, la xenofobia instalada en altas esferas italianas. De manifestaciones y pancartas que dicen: “Los españoles, primero. Los italianos, primero. Los europeos, primero”.

Se acabaron los tiempos de bonanza: “Los inmigrantes son buenos porque hacen los trabajos que los de aquí no quieren hacer. Los inmigrantes son buenos porque rejuvenecen nuestra población envejecida. Los inmigrantes son buenos porque llenan la caja de la Seguridad Social”. Llegó la crisis y el destape: “Los inmigrantes sobran porque nos quitan el trabajo. Los inmigrantes sobran porque no comparten nuestros valores, nuestra cultura, nuestra fe. Los inmigrantes sobran, sencillamente, porque son unos putos inmigrantes. No hacen falta excusas buenistas. No son nosotros. Son otra cosa”.

Para Mohamed no hay consuelo. El paraíso era mentira. La mayor parte de sus pobladores sólo ayudan de corazón a los que son como él si un terremoto ha puesto ruina, polvo y sangre sobre la ruina, hambre y sed que ya había antes.

Nota: relato inspirado en los libros ‘El viaje de Kalilu’, de Kalilu Jammeh, y ‘Gomorra’, de Roberto Saviano. Además de en la triste realidad del falso paraíso en el que yo tan bien vivo y al que están vedados los que vienen de fuera.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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