
Situado una vez más ante el maldito folio en blanco, retomo el reto que inicié el primer día en que sentí que necesitaba escribir. Pero no escribir por escribir, sino porque sé que tengo algo dentro, agarrado al pecho, que nunca consigo descifrar y que sueño algún día poder reflejar en una hoja de papel (o digital) con toda su pureza, en toda su exactitud. Como un natural estoico de José Tomás, mirando al tendido sin nada en los ojos; como la inclinación ante la oblea elevada al cielo; como las esculturas Miguel Ángel, que extraía con su cincel la obra que veía delimitada tal cual en el seno de la piedra. Yo siento algo parecido. Hay algo dentro de mí, una necesidad, que no consigo ver ni tocar. Pero que intuyo. Una gran verdad. Mi verdad.
Tal vez, me consuelo, la única gran certeza que trasciende a mi propia vida y al amor por quienes me rodean es una verdad común a muchos de mis compañeros de especie: el miedo a la muerte, el terror a cerrar los ojos para siempre y que el vacío sepulte lo que veo, toco, pienso y siento. Desaparecer y no volver a ser jamás. Morir, morir de verdad.
Por eso, también, solo me queda apelar a una posibilidad, a un deseo. A una esperanza, mas nunca una certeza: morir y resucitar. Sin embargo, como no es algo que pueda desentrañar hasta llegada la temida hora final, me reconforta el haber sido ya testigo de quienes murieron y resucitaron. Porque hay muchos que pueden decir eso de “he muerto y he resucitado”. Porque hay muchas formar de morir y de resucitar. Una tarde en casa con los tuyos, cuando un día te fuiste para no retornar. Un abrazo que ya creías imposible. Un dejar a un lado lo que te destruye en lo que eres. Volver, siempre volver…
Concluyo este escrito y la maldición del folio en blanco sigue viva en mí. Apenas he bosquejado esa íntima verdad que siempre anhelo y que empiezo a pensar que jamás dejaré de otear. Tal vez, de eso se trate: de caminar y no parar. De levantarse si te has caído. De morir, pero seguir viviendo. Hasta que llegue el último día, el de la muerte real, y ya no tenga la necesidad de preguntarme nada. Tal vez, ni siquiera sepa que he dejado de elevar al cielo señales de interrogación.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
