
Ahora que se produce el fenómeno por el que algunos católicos recelan de ciertas afirmaciones y actitudes del Papa Francisco, quiero decir una cosa. Yo siempre he sido un gran admirador de Joseph Ratzinger y nunca critiqué ninguna de sus actuaciones como Benedicto XVI. Salvo una vez. El 4 de noviembre de 2012 escribí un artículo titulado ‘El día en que Medvedev fue más libre que el Papa’. Y en él abogaba porque Ratzinger, al igual que lo había hecho ya el primer ministro ruso, mediara por la liberación de las Pussy Riot.
Para los desconocedores de quiénes son, les pongo en antecedentes: en agosto de 2012, las tres integrantes de este grupo de punk ruso fueron condenadas por irrumpir en la principal catedral ortodoxa de Moscú. En plena ceremonia, enseñaron los pechos y cantaron para denunciar el autoritarismo del presidente, Vladimir Putin. Fueron recluidas a dos años de cárcel, a cumplir en una penitenciaría a 600 kilómetros de Moscú, su casa. ¿La razón? “Vandalismo e incitación al odio religioso”. Lo que yo critiqué ese 4 de noviembre fue que, al reunirse con un representante ortodoxo, Benedicto XVI manifestara su “solidaridad” por la ofensa recibida y no tuviera una palabra de misericordia hacia las condenadas, que al fin y al cabo, no nos engañemos, se movieron por un afán político antes que religioso. Encima, por aquellos días, Medvedev, segundo del Gobierno de Putin (y presidente entre los dos mandatos intermedios de éste), sí había sido valiente al hablar así de las Pussy Riot: “Estas chicas no me gustan, pero si estuviera en lugar del juez no las habría enviado a prisión. Considero incorrecta la pena que se les ha impuesto. Ya han pasado bastante tiempo detenidas, ya basta”.
Hoy se ha sabido que una de ellas, Nadia Tolokonnikova, ha emprendido una huelga de hambre denunciando las horribles torturas a las que se ve sometida, propias de un régimen autoritario. Por todo ello, pido a Francisco que sí medie públicamente por las dos miembros de la banda que aún permanecen en prisión (la restante ya fue liberada). Seguramente, en la sombra, Ratzinger moviera los hilos diplomáticos vaticanos para conseguir tal fin. Pero hoy le pido al Papa que, con luz y taquígrafos, se sume al fin al grito de Medvedev: ¡Basta ya!
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
