La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

La Iglesia y su error histórico con las cenizas mortuorias

Soy cristiano y admirador apasionado del Papa Francisco, pero no un palmero. Considero que hoy, ratificando las disposiciones de Doctrina de la Fe sobre las cenizas mortuorias, ha cometido un error histórico de consecuencias muy graves. Desde ahora, los católicos ya no pueden extender las cenizas de su familiar fallecido en un lugar especial para todos ellos. Tampoco pueden repartírselas entre los seres más cercanos. En último lugar, también se rechaza que las dejen en su propia casa. Solo queda una opción: depositarlas en “tierra sagrada”, ya sea un nicho en el cementerio o un columbario en una iglesia. En caso extremo, se puede llegar a que el sacerdote niegue las exequias a una persona que ha manifestado que quiere que sus cenizas se esparzan.

Lo siento, pero lo percibo como un paso más hacia la involución, hacia el encerrarse en el templo. Jesús dejó claro, como mensaje esencial, que Dios está en todos nosotros. Que el Templo está en todos nosotros. Que todos nosotros somos el Templo. Entiendo que preocupe el mal uso que se puede dar a algunas cenizas o que se ignore que, con la resurrección, todos estamos llamados a volver a la vida en nuestro cuerpo. Es necesario recordar esas cosas y ofrecer alternativas más deseables, pero, de ahí a cerrar vías que ya forman parte de nuestra cultura y del modo (siempre difícil) de afrontar la muerte por parte de millones de personas, es un escándalo.

Conozco casos muy cercanos de personas que tienen las cenizas de su familiar en casa; ni en las grutas vaticanas estarían en un mejor sitio: en su hogar, donde vivió el fallecido, son veneradas con todo el cariño del mundo. En otros casos han optado por la dispersión de los restos en un sitio muy especial para quien se ha ido. Para mí, desde ese día, ese lugar es tan sagrado como un templo. La muerte es demasiado dolorosa y compleja de afrontar como para poner trabas a lo que llega luego. Los casos a los que me refiero son personas con fe, más o menos cercanas a la Iglesia. ¿Qué pueden pensar ahora? ¿Que lo han hecho mal? ¿Qué se ha dado un mal homenaje a quien se recuerda cada día? ¿Que están pecando?

Volvemos a los tiempos en que a los suicidas y a los “herejes” se les negaba el entierro en recinto sagrado. Ahora, precisamente, por lo contrario. A gentes de fe sencilla y que han hecho un acto sencillo, preñado de amor y entrega, se les exige reducirlo todo al templo. Y, si no, no vale. Ese templo se queda pequeño. Prefiero el Templo que nos prometió el único Maestro. El que está en todos nosotros.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Lo más leído