Un enigmático viaje al altiplano boliviano

Correlatos de un reportero: La historia maldita del «Monolito Bennett»

En las alturas de Tiwanaku, donde la "Puerta del Sol", ese supuesto 'Pasaje interestelar', susurra secretos milenarios, un monolito silencioso robó el protagonismo de mi peregrinaje

Correlatos de un reportero: La historia maldita del "Monolito Bennett"
Monolito Bennet PD.

A bordo de un destartalado taxi y sacudido por los 46 kilómetros de polvo y carretera desde Desaguadero -la bulliciosa ciudad que vigila las aguas heladas del lago Titicaca, el más alto del mundo y frontera viva entre Perú y Bolivia- me adentro en el altiplano hasta llegar a Tiwanaku, la enigmática urbe de piedra que resiste al tiempo en la provincia de Ingavi, corazón ancestral de La Paz, Bolivia.

Tiwanaku emerge a 3.850 metros sobre el nivel del mar, en el corazón helado del altiplano boliviano, un vasto llano de tierra agrietada y viento constante que azota ruinas milenarias como un recordatorio de imperios olvidados.

El autor en Tiwanaku. Foto: Alex Mackenzie

Rodeado de ichu amarillento y lagunas salobres, este sitio preincaico –centro de la cultura Tiwanaku entre los siglos VI y XII– se compone de plataformas escalonadas, patios semisubterráneos y templos alineados con el solsticio, donde cada piedra parece susurrar sobre rituales astronómicos y deidades subterráneas.

Mi plan era conocer la Puerta del Sol, esa arcada de andesita que estudiosos excéntricos y leyendas modernas etiquetan como «Puerta interestelar» por sus grabados del dios Viracocha y figuras aladas que evocan viajes cósmicos. Pero el destino –o el altiplano– tenía otros planes: el Monolito Bennett, con su odisea de traslados y mitos terrenales, me atrapó desde el primer vistazo.​

Llego temprano, cuando el frío del altiplano muere la piel y el sol apenas dora las piedras. Frente a mí se alza el Monolito Bennett, una figura alta, silenciosa, casi humana, que parece observarlo todo desde otra época. Me acerco despacio, como si entrara en casa ajena, con la sensación clara de estar frente a algo más que una escultura: un testigo de un mundo preinca cuyo lenguaje apenas empezamos a descifrar, un viajero que ha recorrido caminos inesperados antes de volver a casa.​

El gigante pétreo

Monolito Bennett. Tiwanaku.

Lo primero que impresiona es su tamaño: más de siete metros de andesita tallada en un solo bloque, erguido sobre su base como un guardián inmóvil. La figura es antropomorfa, con rostro severo, brazos pegados al cuerpo y manos que sujetan objetos rituales, como si en cualquier momento fuera a iniciar una ceremonia perdida en el tiempo. Camino a su alrededor y descubre relieves, bandas decoradas, símbolos que se repiten; Siento que cada línea guarda un mensaje, pero el código se me escapa.​

Tiwanaku se extiende como un mapa de piedra: el imponente Kalasasaya, la Puerta del Sol custodiada por figuras celestiales, el Seminario con sus bloques perfectos y patios hundidos que evocan sacrificios ancestrales. El Monolito formó parte de este complejo ceremonial, asociado originalmente al Templo Kalasasaya y al área del Pozo VII donde fue descubierto en 1932 por Wendell Bennett. Mientras avanzo entre los bloques, el viento trae polvo y silencio. Cuesta imaginar a multitudes congregadas para rituales con estas figuras pétreas como eje.​

Puerta del Sol. Tiwanaku.

El exilio: por qué se lo llevaron a La Paz

Pero esta piedra no siempre estuvo aquí en paz. En 1933, apenas un año después de su hallazgo, el arqueólogo Arturo Posnansky impulsó su traslado a La Paz con autorización del gobierno de Daniel Salamanca, argumentando multas científicas y exhibición pública en la capital. Cargado en ferrocarril, llegó a la ciudad y se instaló primero en el Paseo del Prado, luego en la Plaza del Monolito frente al estadio Hernando Siles en Miraflores, donde permaneció casi 70 años expuesto al tráfico, humo y excrementos de palomas que dañaban su superficie.

En La Paz se convirtió en un ícono urbano, pero no sin controversia: locales contaban que traía mala suerte, lo llamaban “kencha” y juraban oírlo “llorar” de noche, añorando su altiplano. El deterioro por la contaminación y la creciente conciencia sobre el patrimonio original impulsarán las demandas para su regreso.

El retorno: una despedida multitudinaria

El 16 de marzo de 2002, en una madrugada emotiva, unas 10.000 personas en La Paz despidieron al monolito con pañuelos blancos, flores y rituales andinos; una espiga en su base retrasó el desarme, como si se resistiera. Un Comité Nacional lo trasladó con cuidado extremo hasta Tiwanaku, donde ahora reside protegido en una sala del museo, mientras una réplica ocupa su plaza paceña. El motivo oficial: conservación ante el daño urbano y restitución a su contexto sagrado.

Leyendas que aún respiran en la piedra

Una guía local se acerca y susurra historias. Muchos lo llaman Estela Pachamama, guardiana de la Madre Tierra que vela por cosechas y lluvias, una deidad petrificada para quedarse eternamente con su pueblo. Los antiguos hablan de un sacerdote mediador entre dioses y hombres, convertido en piedra como sacrificio o castigo, sosteniendo el equilibrio cósmico. Su viaje a La Paz y regreso alimenta nuevas leyendas: como si el monolito, al volver, hubiera sanado una herida en la tierra, restaurando el orden ritual roto décadas atrás.

El lenguaje secreto de sus símbolos.

Frente a sus manos –quizá con vasos ceremoniales–, veo iconografía tiwanakota: poder político y religioso fusionados en un gobernante divinizado. Formaba parte de un gran escenario ritual en Tiwanaku, uniendo comunidad y divinidades, no muy lejos de la Puerta del Sol que tanto me trajo aquí.​

Un legado que interroga

Cuando el Sol sube, su sombra se alarga sobre el suelo altiplánico. Pienso en sus viajes: del ritual preinca al asfalto paceño y de vuelta, un símbolo de cómo el pasado no se queda quieto. En su silencio, el Monolito Bennett pregunta sobre los tiwanakotas, sus rituales olvidados –y esa Puerta del Sol que aún me llama– y nuestra búsqueda eterna de lo sagrado en la piedra.

Monolito Bennett en la ciudad de La Paz antes de ser enviado de vuelta a su lugar de origen Tiawanaku

 

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Autor

Paul Monzón

Redactor de viajes de Periodista Digital desde sus orígenes. Actual editor del suplemento Travellers.

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