“En nuestra sociedad, todo el mundo tiene derecho al fracaso, aunque casi nadie desea para sí tal destino”.
J. J. Armas Marcelo
Así como en todas (las) partes (incluidas las pubianas o púbicas y pudendas) cuecen (las) habas, en todos los pagos del orbe cada quien, cada quisque o cualquier hijo de vecino de triste figura (“Otramotro”, verbigracia, tudelano, o sea, yo del culo, cagón -¿miedoso?; pues sí y no- y/o puteado -a quién le importa si autosexual, bisexual, heterosexual u homosexual; y es que el menda lerenda no da más que para un casto sin coste alguno, sin ninguna casta-, no es una excepción a la regla dada) no sólo tiene el derecho y el deseo de ser, sino también el otro sino o la obligación de hacerse el tonto del haba (que en la capital de la ribera ibera de Navarra contraemos en “tontolaba”) y fracasar cuantas veces le pete o venga en gana, como naufragan (a sus más o menos anchas) en el agua que las cuece cada una de las habas.
Qué bueno que la verdad del fracaso no sea más que una pose para dar rienda suelta a la creatividad y a la exuberancia. Y es que somos y (con)formamos una legión (que anda sobrada de cabras), cada día más ida, loca, orate o tocada del ala, quienes procuramos escribir a diario para conseguir que el tal fracaso sea, en el caso de que deba ser algo estacionario, estación de partida o procedencia antes que de destino o llegada llagada.
Ángel Sáez García
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