El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Demostrad más gratitud y menos acritud

La tarde-noche-madrugada que alguien propaló a los cuatro vientos o puntos cardinales “y el ganador es… Humphrey Bogart, por “La reina de África”” (claro está; conveniente y aun ¿traidoramente? traducido del inglés), la susodicha estrella del cinematógrafo (que, paradójicamente, en lugar de matar, resucitó al mito), ya con el Oscar en la mano, generoso, acertó a decir con modestia (poco importa que ésta fuera verdadera, fingida o apócrifa): “Hay un largo camino desde el Congo Belga hasta el escenario de este teatro. Nadie hace nada solo. Como en el tenis, necesitas un buen adversario”.

Tesis semejante pretendía defender Althea Gibson cuando escribió aquello de que “cualesquiera que hayan sido nuestros logros, siempre hubo alguien que nos ayudó a alcanzarlos”.

Como Cela, cuya literatura tanto me caló y de quien aprendí a recelar, uno de mis maestros en el noble arte de hilar, tejer y urdir palabras, que dedicó una edición de “La familia de Pascual Duarte” a sus enemigos, que tanto le habían ayudado en su carrera (siempre recordaré con fidelidad aquellas palabras suyas que sirvieron de introducción al número cien de la revista Papeles de Son Armadans, dedicado a Juan Bautista Amorós Vázquez de Figueroa, más conocido por su seudónimo, “Silverio Lanza”, “en España el que la sigue la mata, el que resiste gana -su lema preferido- y el que no se pone nervioso se come al -escribió don Camilo- mundo por los pies”) literaria, hoy, domingo, 19 de marzo de 2006, a dos semanas escasas de se cumpla el cuadragésimo cuarto aniversario de mi feliz alumbramiento (y no miento) en la capital de la ribera ibera de Navarra, en cuyo barrio de Lourdes vivo, al menda lerenda, “Otramotro”, le peta dedicar esta epístola ética/estética e irónica/profiláctica a una dilecta directora y a cinco discretos y selectos directores, cinco, de sendos periódicos de papel (ahí va, por riguroso orden alfabético de su primer apellido, la media docena): Artajo, Ceberio (que -ya ha saltado la liebre o se ha anunciado- en mayo dejará de serlo), Muñoz, Ramírez, Vara y Zarzalejos. ¡Qué seis piezas de museo para completar o recomponer cualquier puzle o rompecabezas sobre el clásico y sobado, típico y tópico tema de la “libertad de expresión” (que se proclama y reclama pronto en editoriales, pero no se hace ni ejerce nunca de facto) que se precie!

A los seis contrincantes indicados, sí, porque los seis, inconcusos oponentes, siguen, erre que erre, ahogando, anegando, censurando y/o despreciando mis colaboraciones, ninguneando un día sí y otro también mis textos. Sin embargo, debo reconocer que sin sus inestimables desapegos y displicencias yo no sería quien(es) soy: “Ribelius”, “Otramotro”, “Nadie”, “Metomentodo”, “Metáfora”, “Guasón”, “Egomet”, “Diógenes de Sínope”, “Carámbano” y “Blas Pascual” (entre otros muchos).

Pido y tomo prestados de don Francisco de Quevedo y Villegas tres endecasílabos perfectos (enfático, melódico y sáfico) para llenar de contenido el párrafo central de esta eutrapelia: “No he de callar por más que con el dedo, / ya tocando la boca ya la frente, / silencio avises o amenaces miedo”.

Por la presente, les advierto que voy a seguir dándoles la lata o tabarra, esto es, remitiéndoles mis escritos; porque confío en que algún día ustedes se despistarán y, como corolario festivo, zumbón, lograré colarles de rondón alguna de mis creaciones o (su anagrama) reacciones.

Ah; por cierto, mis alias, “alteregos”, heterónimos, seudónimos, sosias, trasuntos y demás canalla apuestan por ver quién va a hacerse con el trofeo al más arriscado, perspicaz, sagaz y/o con mayor sentido común y del humor de los seis, al ser el primero en publicar esta misiva, y quién indisputable merecedor del galardón al más cafre del sexteto.

Y ahora, tras la retranca, todo lo que sigue, quiero decir, el resto, va en serio. Hoy, Día del Padre (el menda lerenda, “Otramotro”, sólo llega a padrino -de dos niñas lechuzas, Paula y Raquel- y padrastro -de un montón de prosas y un rimero de versos-), felicito a mis hermanos Jesús María, Miguel Ángel, Eusebio y a mi cuñado Jesús, que lo son, padres, y aprovecho la ocasión para darles las gracias por todo el bien que me han hecho y lo mejor que han contribuido a darme, mis siete sobrinos: Raquel, Rocío, Alba, Natalia, Lucía, Jorge y Adrián.

Sin embargo, hoy, también, Día del Seminario, es mi propósito dedicar este texto a todos los que, siéndolo o sin serlo, ejercieron para mí de maestros (y es que cualquier esquina puede ser una magnífica y estupenda biblioteca) y a todos los profesores que tuve, tengo y tendré a lo largo de mi vida, incluido don Javier Salcedo Corral, quien, con razón, siendo yo un crío, cursando segundo de EGB, en un corro, me llamó “besugo” por haberle contestado que Jesucristo había muerto crucificado en el errado ¿monte? Calvario y no, como todo el mundo sabe, en el atinado Gólgota. Pero, especialmente, se lo dedico a quienes se han hecho dignos acreedores del mismo, mis amigos Miguel y Prepedigna; al penúltimo, por ser padre y amigo ejemplar, y a la postrera, amén de por otras buenas y plurales razones de peso que callo, porque hoy, precisamente, cumple años (ergo a todos ellos, sin excepción, de corazón, ¡muchas felicidades!).

Ángel Sáez García
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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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