TRES VECES ME ANEGUÉ, TRES
Hoy, sábado, 12 de mayo de 2007, Miguel, el primogénito o mayor de los dos retoños de mis dilectos primos José y “Fina” celebra su Primera Comunión. Invitado por los mentados progenitores del comulgante, me desplazaré a primera hora de la mañana a la capital cesaraugustana o “zararagonesa” para acompañarle y disfrutar de los entrañables diálogo, roce y trato con sus deudos más allegados. Como sé que al primerizo le encanta Cornago (La Rioja) tanto o más que a mí, procuraré amenizar la sobremesa de los concurrentes relatando una anécdota propia, de sabrosos “cronotopos” y saber cornagueses.
Pues sí, aquí y ahora me peta y apetece un montón reconocer y trenzar sin ambages que aquella remota tarde veraniega, en Cornago, todas esas ocasiones naufragué. Tantas como Simón/Pedro, quien, según narran los evangelios sinópticos, el mismo número de veces negó al Señor, Jesús de Nazaret/Belén, antes de que el gallo “quiquiriqueara”, pero, en mi caso, con una particularidad, encabezando el verbo “negar” un prefijo, en concreto, la partícula “a”, que, en el affaire que nos ocupa, no es precisamente privativa, no.
La primera bronca o reprimenda gorda de mi vida, de la que tengo un recuerdo fidelísimo, indeleble, no me la echaron mis padres, sino que la recibí de mi abuelo paterno José; con razón. Le sobraban los motivos para ello; pues servidor, un verdadero trasto, contando cuatro o cinco años (como mucho), no tuvo bastante con un chapuzón, porque la estival (casi de festival) tarde susodicha coleccionó tres. En compañía de otros muchachos, mocetes o “muetes” (como decimos en la capital y alrededores de la ribera ibera de Navarra –por cierto, hace pocas fechas anegada-), entre los que no faltarían mis amigos Carlos, el “Canca”, y Jesús, el “Chapela”, éste, el “Pato” (apodo que heredé ipso facto de mi yayo), estaba jugando a cruzar la barra superior de la barandilla que había sido instalada en la fuente de la plaza como medida precautoria, a modo de protección, mas sólo en una de sus mitades, la que daba y había encima del pilón, donde bebían las caballerías. Bueno, por mor de la brevedad, al cogollo o meollo, que tres veces mis manos se resbalaron y otras tantas mi cuerpo probó el agua del abrevadero. Tres veces acudí chorreando a casa de mis abuelos, con las zapatillas haciendo “chof-chof”. A la tercera, habiendo aprendido, por fin, la lección que me había impartido la existencia/experiencia (madre de la ciencia, según gustaba señalar, reseñar y enseñar mi señero y señor padre, Eusebio), ya no me nacieron más ganas de escaparme de casa para volver a jugar con mi pandilla de diablillos, y más, tras abroncarme mi abuelo y observar, de hito en hito, su enfadadísimo rostro. Así que, mi abuela paterna Gregoria (familiar y vecinalmente conocida por “Goya”), tras secarme el pelo y el resto del cuerpo con una toalla, me preparó una frugal merienda-cena que despaché en un pispás, me llevó a mi habitación y me acostó, no sin darme antes el beso de rigor, en la cama.
Ángel Sáez García
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