HOY QUITIRRI HA VENIDO A VISITARME
A ROSALES, DONDE HALLO MI RETIRO
Hoy, desde Algaso, se ha desplazado en su utilitario y ha venido a hacerme una visita relámpago, pues esta no ha llegado ni siquiera a la hora de duración (ese gesto se lo he agradecido sobremanera; incluso le he invitado a que se quedara a comer conmigo las lentejas con chorizo que había cocinado, después de desayunar, para el almuerzo, pero ha rehusado el convite, porque su señora madre, ya nonagenaria, no se encontraba esta mañana católica), es decir, se ha dejado caer por Rosales (aunque para culminar dicha acción haya tenido que ascender más de mil quinientos metros de altitud por carreteras sinuosas), mi retiro predilecto, una aldea de veintitantas viviendas rústicas (de las que, al menos tres, que yo sepa, se han reacondicionado o reconvertido en casas rurales) mi amigo José Javier Modrego Popas, a quien todo quisque conoce en Algaso con el mismo alias o apodo que le pusieron otrora a su progenitor Ernesto Modrego, Quitirri, mote que a mí me ha dado por circunscribir al ámbito taurino, quizá porque su cola tiene cierta agnominación o paronomasia con el que le otorgaron al maestro Francisco Rivera, Paquirri, que tuvo la mala y aun pésima y letal suerte de ser cogido por un cinqueño, de nombre Avispado, en el coso cordobés de Pozoblanco, de tercera, y murió, dentro de una ambulancia, de camino al hospital Reina Sofía, de Córdoba, de primera.
Cuando Quitirri ha hecho sonar la aldaba de la puerta de entrada a la casa, le he gritado, desde la mesa donde estaba escribiendo con los útiles o herramientas acostumbradas, el BIC azul sobre las medias cuartillas gualdas, adelante (en realidad he emitido la voz italiana “Avanti”, que, con el signo final de admiración, era el órgano de difusión periodística del Partido Socialista Italiano) y ha entrado.
Me he levantado de la silla, al reconocer el perfil de su figura en la penumbra del zaguán, y he ido a su encuentro; nos hemos dado un abrazo largo, el habitual, pues suele durar más de seis segundos, sin mediar palabra (nos gusta sentir cómo palpita el corazón del otro). Luego las dicciones han fluido libremente:
—¿Cómo estás? —me ha preguntado Quitirri. Y, sin darme tiempo o dejarme contestar, ha insistido en interrogarme: ¿Cómo te encuentras?
—Bien, bien —le he contestado. Y enseguida, para corresponder al interés mostrado, he formulado la preceptiva y esperada cuestión: ¿Y tú?
—Estupendamente.
—Aquí, Quitirri, me hallo en la misma gloria. Lejos del ajetreo, del bullicio y del tráfico algasiano, que se ha vuelto un sinvivir, me concentro en un santiamén y le saco más partido o provecho a las horas de trabajo.
—Como aquí estás casi aislado, sin teléfono ni internet, he subido para comentarte que nuestras amigas Lourdes, Marisa, Olga, Rosa y Yolanda tuvieron el otro día un percance con el coche, y estuvieron unas horas bajo observación en el hospital, pero ya están bien y en sus respectivos domicilios. Sus esposos se han portado de manera inmejorable, como verdaderos trasuntos o sosias de san Camilo de Lelis. Los Javieres, Jesús, Ángel y Fernando han estado a la altura de las circunstancias y les han cuidado como oro en paño, lo que son, como si fueran sus únicas hijas enfermas.
—Estoy en deuda contigo. Que hayas subido a darme la nueva, que fue mala al principio, pero ha devenido en buena al final, es un gesto que te debo y agradezco. Ya sabes que, si ocurre algo grave, puedes llamar al cuartel de la Guardia Civil de Barnuejo, y el comandante Cubas se acercará a darme el aviso.
—Por cierto, me he entretenido dándole a la mui, durante cinco minutos, con el panadero, he subido detrás de su furgoneta, durante unos kilómetros, y con una señora mayor con moño de pelo blanco y delantal y toquilla, y su hijo, pastor de cabras. No sabía que ella te llamara “el Orejas” y él “el Ovejas”.
—Doña Elvira y Sebastián son mis vecinos. El panadero de Barnuejo se llama Roberto. Nada extraño, lo normal. Mis pabellones auriculares externos son evidentes, grandes, y Ovejas es mi tercer apellido. Desde que se lo confesé un día al dueño del cabrón, me llama así el que carece en su rebaño de ellas.
—Tengo que decirte que los ejemplares del último libro que has publicado se están vendiendo como bolsas de rosquillas en Cornago por san Blas, y que ningún crítico se ha atrevido por ahora a clasificarlo. Ha merecido, como los anteriores, las admiraciones y bendiciones asiduas, pero los odios, como sospechas, tampoco han faltado.
—Ya sabes qué opino de las filias y de las fobias, que son algo natural y sano. Todas las críticas, tanto las buenas o positivas como las malas o negativas, si se ha hecho el esfuerzo de leer íntegro el libro, me merecen igual respeto.
—Han dicho pestes de varios conceptos que viertes en tu última obra, sobre todo, de tu preferencia por las “autononuestras” en detrimento de las autonomías, de tu denominación de Navarrioja, etc.
—Como el idiotismo o la ignorancia se está extendiendo por nuestra sociedad actual cada día un poco más, como una mancha de chapapote en el mar, tras partirse en dos el buque mercante que transportaba petróleo, seguro que cada quisque sabe, por ejemplo, que Sancho Garcés III, que fungió de rey de Pamplona desde el año 1004 hasta su óbito, en 1034, fue el gran promotor de la ciudad de Nájera; allí celebró Cortes y otorgó el fuero de Nájera, que es considerado por los historiadores independientes, no adscritos a ninguna corriente, origen de la legislación navarra y fundamento del derecho nacional.
—A mí, Otramotro, no me tienes que convencer, que ya fui, antes de publicarse el libro, convenientemente persuadido por ti. Se me olvidaba darte cuenta de un apunte principal, que he leído a quien firma artículos sesudos en EL SIGLO que te ha puesto por las nubes.
—¿Iba de veras o usaba la ironía?
—Pues lo ignoro. Tú, que eres perito en dicho menester, ya lo leerás y decidirás con más conocimiento de causa que yo.
—Te puedo asegurar que a ese colaborador de EL SIGLO no lo he invitado a comer, como sí he hecho antes contigo, pero ya me has aducido el motivo para rechazar el convite y lo he entendido.
Y, como la fuerza de la sangre le llamaba, nos hemos dado otro abrazo largo de seis segundos cabales en la calle. Y, tras arrancar el motor e iniciar la marcha su coche, ha bajado la ventanilla, y nos hemos despedido profiriendo ambos sendos agures.
Ángel Sáez García