Pacos

Paco Sande

Nuestro niño es un «santo»

El periodista y escritor Enrique de Diego en su nueva novela histórica La Lanza Templaría. -Que narra los siglos XIII y XIV con Europa sumida en Las Cruzadas-. Uno de los mensajes que de Diego nos manda desde las páginas de este libro es que las sociedades que apuestan por el pacifismo están condenadas a sucumbir.

Y esto es así, y no solo las sociedades, ni en una sociedad, sino todo, en todas las escalas de la vida, si vas de pacifico que no pacifista, no es lo mismo, -yo conozco pacifistas con una mala leche que te cagas- siempre eres el vapuleado,-y lo digo con conocimiento de causa- en la escuela siempre hay uno que es el «tonto», el que todos se meten con el, y no es verdad, casi nunca es el mas tonto, sino el mas débil o el que menos se defiende o las dos cosas, en la mili, si la primera vez que te hacen una putada no saltas ciscandote en los muertos de alguno, estas listo, y casi en todos los trabajos siempre hay uno que es el blanco de las burlas de todos, o casi todos, -siempre hay buena gente que no se mete con el- y no es el mas tonto, no, sino el que no sabe defenderse.
Y claro, como donde esta el blanco, también tiene que estar el negro, pues lo mismo donde esta el “tonto” de la clase, también esta el “listo”, y de uno de estos “listos” quiero hablar hoy.
Tengo un amigo que trabaja de conductor de autobuses, y el año pasado le toco hacer el transporte de niños para la escuela. De los niños que transportaba, que iban de una franja de edades de entre 6 a 16 años, había uno que era el típico monstruito, que se las da de mas chuleta, mas listo y mas simpático que ninguno, me contaba mi amigo, que la criaturita, -que debía rondar los 14 o 15 años de edad- vestía siempre una sudadera gris, con una leyenda en el pecho que decía: “YALE UNIVERSITY” o algo así, -que nunca abandonaba, hiciere la temperatura que hiciere- con una capucha que siempre traía hacia atrás, cayéndole por la espalda, y unos pantalones vaqueros, unas dos mil tallas mas grande de lo que le hacia falta, y que llevaba caídos muy por debajo de la cintura, enseñando la parte esa, donde la espalda pierde su nombre, las perneras del pantalón, -muy largas para la estatura del chico- le caían sobre unos zapatones muy grandes, -que creo que fabrican especialmente para ellos- con unas suelas de 15 centímetros, que hacían que el chico pareciera que llevaba un acordeón en cada pierna.
El niño entraba en el autobús, siempre rodeado de una cohorte formada por otros cinco o seis chicos, que flipaban y se escojonaban con las tonterías del monstruito y este pasaba dando bandazos y patadas hasta llegar al asiento trasero, donde se sentaban el y su pandilla y allí seguía la fiesta, de golpes en el asiento, chillidos, insultos a otros niños y siempre cacareado por su pandillita.
Entonces mi amigo un día, harto de tanto cachondeo, al subir el chaval al autobús, le empujo la cabeza hacia atrás, diciéndole: niño, estoy harto de tus tonterías o te comportas o te pego un tortazo que te pongo fino, el niño se quedo muy serio y sin decir palabra se fue a su asiento trasero, pero una vez allí y ya con el autobús en marcha, volvió a rugir la marabunta y ahora todavía peor si cabe.
Volvió a avisarle varias veces, pero era igual, la cosa empeoraba, gritos de conductor borracho, golpes en los asientos, carcajadas, cuescos, de todo, hasta llego a cortarle el respaldo de un asiento, lo denuncio, pero no pudieron probárselo, pues los otro chicos no quisieron confesar quien habia sido, “camaradería”, “no se puede chivar” decían.
¡Pensar que es camaradería, ocultar las mamarrachadas de un idiota!, otra confusión que tienen nuestros jóvenes.
Esta vez mi amigo fue a ver a los padres del niño, encontró solo a la madre, -el padre estaba trabajando. Esta al enterarse de lo que sucedía con su “niño”, le decía a mi amigo, ¿pero que me dice, mi Sergio? Mi Sergio no, mi Sergio es un santo, pregunte, pregunte a los vecinos, ya vera como hablan de el, vd esta mintiendo, váyase, váyase y no vuelva mas, entonces mi amigo viendo la causa perdida, le dijo: Sra. su hijo no es un santo, su hijo es un sinvergüenza y un niño malcriado, y pida a Dios que allá donde quiera que trabaje su marido, no se encuentre con un santo como su Sergio.
Al poco de esto termino el curso escolar y mi amigo fue trasladado a una ruta de pasajeros.
Del niño, supo más tarde que había tenido problemas con los profesores y había sido expulsado del colegio, y ya no volvió a saber más. Pero en sus propias palabras, que decía: menos mal que me trasladaron, por que ya no sabia lo que hacer con aquel mocoso, de verdad que me tenia amargado. Un hombre hecho y derecho, de 35 años, amargado por un mierdecilla de 15.
Y lo peor es que aquella señora no mentía, para ella su Sergio era así, un santo, y se negaba a ver lo que de verdad era su “niño”.
Y esto no era el hijo de una familia marginal, o de unos padres subnormales, ni vivía en el extrarradio de una gran ciudad, esto era el hijo de unos padres cualquiera, de una familia cualquiera, de un pueblo cualquiera de Galicia, unos padres con un problema serio de sobreprotección sobre su hijo, exceso de libertad y la concesión de todos sus caprichos.
Esto viene a cuento por todo lo que esta saliendo de nuestras escuelas, niños que acosan a otros niños, niños que pegan a otros niños mientras un tercero los filma, y hasta niños que pegan a su profesor, cuando no es el propio padre el que pega al profesor cuando el niño llega a casa quejándose.
Y es que los padres tenemos la obligación de mirar y ver lo que tenemos en casa, por que muchas veces en vez de un santo, lo que tenemos en un pequeño cabrón.

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