Pacos

Paco Sande

Consejos de Don Quijote a José Luis Rodríguez Zapatero.

Amigo José Luis: Infinitas gracias doy al Cielo, de que te haya salido a ti a encontrar y recibir tan grande ventura. Tú, antes de tiempo y contra la ley del razonable discurso, te viste premiado de tus deseos. Otros cohechan, importunan, solicitan, madrugan, ruegan, porfían, y no alcanzan lo que pretenden; y otro y sin saber como, ni como no, se halla con el cargo y oficio que otros muchos pretendieron: y aquí entra y encaja el decir que hay buena y mala fortuna en las pretensiones. Tú, que para mi, sin duda alguna, eres un porro, sin madrugar ni trasnochar, y sin hacer diligencia alguna, con solo el aliento que te ha tocado del talante socialista, sin mas te ves presidente de España como quien no dice nada. Todo esto te digo, ¡oh José Luis!, para que no atribuyas a tus merecimientos la merced recibida, sino que des gracias al Cielo, que dispone suavemente las cosas, y después las darás a la grandeza que en si encierra la profesión de la política. Dispuesto, pues el corazón a creer lo que te he dicho, está, ¡oh hijo!, atento a este tu Catón, que quiere aconsejarte y ser norte y guía que te encamine y saque a seguro puerto de este mar proceloso donde estás engolfado, que los oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones.
Estos consejos: me gustaría, también, dárselos a tus colegas de las autonomías: gallega, catalana y vasca, (Touriño, Quintana, Ibarretxe y Montilla) pero me temo que sea demasiado tarde, porque a fe mía que ya han perdido el juicio y es qué, en sus mientes hay tal caos y confusión, que hasta a mi, me han tomado por extranjero.
Primeramente, ¡oh hijo!, has de temer a Dios; porque en el temerle esta sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada.
Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que pueda imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey; que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra.
Aun que esto, paréceme a mí que no hace al caso; que no todos los que gobiernan vienen de casta de reyes. Por lo cual los no de principios nobles deben acompañar la gravedad del cargo que ejercitan con una blanda suavidad que, guiada por la prudencia, los libre de la murmuración maliciosa, de quien no hay estado que se escape.
Haz gala, José Luis, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; por que viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte; y préciate mas de ser humilde virtuoso que pecador soberbio. Innumerables son aquellos que de baja estirpe nacidos han subido a la suma dignidad pontificia e imperatoria, y de esta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran.
Mira José Luis: si tomas por medio a la virtud, y si te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para que tener envidia a los que nacieron príncipes y señores; porque la sangre se hereda, y la virtud se aquista, y la virtud vale si sola lo que la sangre no vale.
Siendo esto así, como lo es, que si acaso viniere a verte cuando estés en tu palacio alguno de tus parientes, no le deseches ni le afrentes, antes les has de acoger, agasajar y regalar; que con esto satisfarás al Cielo, que le gusta que nadie se desprecie de lo que él hizo, y corresponderás a lo que debes a la naturaleza bien concertada.
Si tuvieres a tu mujer contigo –porque no es bien que los que asisten a gobiernos de mucho tiempo estén sin las propias-, enséñala, doctrínala y desbástala de su natural rudeza; porque todo que lo suele adquirir un gobernador discreto suele perder y derramar una mujer rustica y tonta.
>>Si acaso enviudades –cosa que puede suceder-, y con el cargo mejorares de consorte, no la tomes tal, que te sirva de anzuelo y de caña de pescar, y del no quiero de tu capilla; por que de verdad te digo que de todo aquello que la mujer del juez recibiera ha de dar cuenta el marido en la residencia, universal donde pagara con el cuatro tanto de la muerte las partidas de que no se hubiera hecho cargo en la vida.
>>Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida con los ignorantes que presumen de agudos.
>>Hallen en ti más compasión, las lágrimas del pobre, pero no más justicia, que las informaciones del rico.
>>Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico como por entre los sollozos e importunidades del pobre.
>>Cuando pudiere y debiere tener lugar la capacidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente; que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo.
>>Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el pos de la dádiva, sino con el la misericordia.
>>Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún tu enemigo, aparta las mientes de su injuria y ponlas en la verdad del caso.
>>No te ciegue la pasión propia de la causa ajena; que los yerros que en ella hicieres, las más veces serán sin remedio; y si le tuvieren, será a costa de tu crédito y aun de tu hacienda.
>>Si alguna mujer hermosa viniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus gemidos, y considera despacio la sustancia de lo que pide, si no quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros.
>>Al que has de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio sin la añadidura de las malas razones.
>>Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstrate piadoso y clemente; porque aunque los atributos de Dios todos son iguales, mas resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la justicia.
>>Si estos preceptos y estas reglas sigues, José Luis, serán luengos tus días, tu fama será eterna, tus premios colmados, tu felicidad indecible, casarás tus hijos como quisieres, títulos tendrán ellos y tus nietos, vivirás en paz y beneplácito de las gentes, y en los últimos pasos de la vida te alcanzará el de la muerte, en vejez suave y madura, y cerraran tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros netezuelos. Esto que hasta aquí te he dicho son documentos que han de adornar tu alma; son los mismo que le di, -y que tan bien le sirvieran- a mi fiel Sancho, antes de tomar posesión de su cargo como gobernador de la ínsula Barataria.
Y antes de terminar, ese ultimo consejo que ahora darle quiero, y quiero que le lleves siempre en la memoria, que creo que no te será de menos provecho que los que hasta aquí te he dado; y es que jamás en las tierras que gobernareis dejéis que se olvide mi nombre.

Alonso Quijano.
Don Quijote de la Mancha.

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