Palpito Digital

José Muñoz Clares

Sobredosis accidental

Tenemos que replantearnos el rumbo que lleva la vida: o acabamos con la vida o acabamos con el lenguaje pero no podemos seguir por estos senderos que se bifurcan alejando la vida de la palabra y la palabra de la vida, que es un doble alejamiento como el que lleva la deriva del todo desde el gran petardazo que fue el Big-Bang. Al principio era la palabra y la palabra era Dios. No había nada y la palabra hizo que hubiera algo. Y ese algo explotó. Se le fue de las manos, y luego hubo tiempo, materia y azar. Es esta una verdad que no necesita a ningún dios para afirmarse, ese es el problema, que cuando la pescadilla se vuelve sobre sí misma para morderse la cola, la cola se ha ido detrás de la pescadilla y ya no hay forma de parar al animal en busca de sí mismo, perdido en un girar infinito que a más de uno lo dejará sin cenar. Sin pescadilla, sin cola, sin cena, sin dioses, sin nada. El Big-Bang y la fuga cósmica, y nosotros mirando por si ocurre algo que le dé sentido al espectáculo de las galaxias lejanas y una pescadilla cercana, girando, girando, girando…
La gente ya no se suicida ni de forma voluntaria ni con ese sucedáneo en que consiste atiborrarse de drogas pero sin mala intención. Prince, George Michael, el otro Michael, el de los niños que le calentaban la cama. Ninguno se suicidó. A Jackson lo suicidó su médico, a Michael y a Prince una sobredosis accidental. Tanto temen los pacatos “bien pensantes” al suicidio – cometió suicidio, ¡horror! – que han dado en cambiarle el nombre y a base de sustitutos ya no hay ni suicidio ni drogas ni muertos ni funerales: se hace una ceremonia festiva en la que se le habla al muerto de tú, se le recuerdan los consejos que ya le dimos en vida, nos reímos de sus chistes, fingimos que el mundo es el mismo porque la gente no muere. La gente de hoy ni se suicida ni muere: fallece, como fallecían los guardias civiles en el País Vasco sin necesidad de mencionar que los había asesinado una banda con un par de tiros en la nuca. Se precipita un avión al asfalto de la pista y los pasajeros no mueren: fallecen. Tontamente, sin saber por qué, estaban cómodamente atados a sus asientos fingiendo que no les daba miedo despegar y de pronto fallecieron todos a la vez, todos por una misma causa desconocida. Pasaron a mejor vida – ¿hay una vida mejor que ésta que vivimos? -, nos dejan, se fueron… Todo por no reconocer que la gente nace y muere y que entre los dos extremos estamos nosotros mirando a la pescadilla.
El otro día vi el infinito. Enterrábamos a una mujer de 94 años en la misma tumba en que habían pasado sus últimas décadas sus padres previamente “fallecidos”, que no muertos. El cementerio sigue siendo municipal pero lo administra una caterva insensible al modo en que lo haría un fondo buitre. Vaciaron la tumba, sacaron los restos de dos ataúdes antiguos que almacenaron a los padres de la difunta, pero no hubo tiempo de rebañar el fondo donde vi una cruz herrumbrosa caída de una caja de muerto – ¿las recuerdan? -, unos huesos llamados largos – un fémur, algún cúbito o un radio – y en medio una calavera que miraba hacia arriba como queriendo salir a dar una vuelta antes de que su hija anciana le cayera encima para siempre. El sepulturero tapó la calavera con una bolsa de basura gris: ¡no tenía tiempo de reservarla para el osario! Y bajaron la nueva caja con su difunta dentro. Difunta: decaer en las funciones que hasta el día anterior había ejercido como mujer viva.
Recogí a unos deudos lejanos y me pagué un alboroque de cervezas donde contamos anécdotas y nos reímos con lo que habían hecho en vida toda aquella buena gente: los padres esqueletizados, la hija recién difunta, mi tía y mi tío más queridos… Una de las asistentes, con la cerveza en la mano, juró por sus muertos: no pienso dejar de fumar. No será un suicidio y hasta le reñirán en el duelo por haber fallecido por el humo, pero la vida se la piensa beber a tragos cortos la de la cerveza. Esa es la actitud.

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José Muñoz Clares

Colaborador asiduo en la prensa de forma ininterrumpida desde la revista universitaria Campus, Diario 16 Murcia, La Opinión (Murcia), La Verdad (Murcia) y por último La Razón (Murcia) hasta que se cerró la edición, lo que acredita más de veinte años de publicaciones sostenidas en la prensa.

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