Palpito Digital

José Muñoz Clares

¿Nadie piensa hacer nada?

El mismo día, a la misma hora en que dos adolescentes malcriados de Jefferson, condado residencial y pijo del estado de Colorado (EEUU), entraban en el instituto de Columbine para emprenderla a tiros con sus compañeros y profesores, el estado de Colorado debatía la relajación de los controles para facilitar el acceso de la ciudadanía a todo tipo de armas de guerra. Después de la matanza nadie volvió a hablar de aquella propuesta de ley pero las armas siguieron circulando fluidamente por la población, hasta el punto de que los  protagonistas de Columbine llevaban dos escopetas recortadas, un fusil de asalto y un subfusil, además de explosivos para hartarse. Los chicos, de 17 y 18 años, eran miembros de un club muy selecto conocido oficialmente como Mafia de las gabardinas negras – hasta en el periódico del instituto se les llamaba así -, pero nadie pensó que aquello fuera más que una broma. Cuando en la mañana de la masacre celebraron con varios ¡Heil, Hitler! su éxito en una partida de bolos nadie se hizo preguntas ni hizo nada en prevención de lo que podían aquellos dos desalmados acabar haciendo. Llevaban tatuadas esvásticas, vestían al estilo SS, uno de ellos lució mucho tiempo una camiseta con la expresión «I hate people» (odio a la gente) y nadie, ni en su casa ni en el vecindario, y menos en el instituto, se hizo preguntas sobre por qué esos dos expresidiarios- acababan de cumplir condena por robo violento de un vehículo – iban por el mundo anunciando lo que luego materializaron en una escabechina infame. Nadie había hecho nada para cuando entraron al instituto buscando deportistas y gente con gorra deportiva.  Preguntaron a la víctima encañonada, una chica, si creía en Dios: contestó que sí y le dispararon a muerte. A otro le preguntaban si era deportista: si contestaba que sí lo asesinaban, y cada asesinato lo celebraban con risotadas. Incluso se mofaron de los sesos de un «negrata» – así lo llamaron antes de matarlo; era Isaiah Shoels, un buen estudiante, buen deportista y negro -, los mismos sesos que ellos habían hecho saltar por los aires. Sembraron de explosivos el instituto y los alrededores de los cadáveres que dejaban a su paso. Fueron horas de terror que acabaron por sí mismas cuando los chicos – al menos uno de ellos – volvieron las armas hacia sí mismos: uno de los dos presentaba un disparo en la nuca, y así acabaron dos vidas que hasta entonces a nadie parecieron peligrosas. Nadie hizo nada, nadie imaginó, nadie quiso dar importancia a las muchas advertencias que anticipaban lo que al final pasó. Luego no hubo más que lamentos y, como siempre, el «enterrar y callar» que nos dejó dicho Goya.
Ahora un tipejo sin escrúpulos, aupado por una cohorte de aficionados a la psicopatía, ha tomado legítimamente el mando y, en cumplimiento de sus amenazas, se entretiene hundiendo en el hambre a sus vecinos mexicanos del sur, y da muestras con ello de la característica más llamativa de los verdaderos psicópatas: la falta de empatía con el otro, la incapacidad de ponerse en el lugar de los demás y de anticipar las consecuencias de sus actos. Y nadie hace nada. También ha roto la bendita hipocresía que había mantenido a los chinos tranquilos, y ha bastado que Trump abra la boca para que los mismos chinos pacíficos hablen ahora de conflictos militares en la zona. Y pretende hacer apostolado de su conducta alentando a otro psicópata enganchado al poder que lo mismo invade Ucrania que derriba aviones comerciales, incita a atormentar homosexuales o alienta los mayores despropósitos en su ya de por sí degenerado país, víctima de una tradición de zares Romanof, zares soviéticos y zares ex KGB. Y el mundo sigue callado y quieto: nadie quiere hacer nada. Todo el mundo habla de esperar a ver, de conceder a Donald el beneficio de la duda, conocer sus obras y luego opinar, con lo que se están cargando la facultad que más nos separa de los animales: la capacidad de anticipar el futuro estableciendo hechos y consecuencias, y la capacidad de expresarnos y ser entendidos.
No basta esperar a ver qué pasa. Hay que señalar los riesgos y demandar que se eviten. Esto no es un experimento social sino un juego salvaje que ha puesto en manos de Trump nuestro futuro inmediato. Sólo queda esperar y ver qué tipo de embrollo es capaz de montar este personaje que representa cumplidamente al matón de bar, al abusón de patio y al chulo de calles turbias. Así que, por lo menos, hablaremos, y ojalá se obre el milagro y tengamos que tragarnos lo dicho.

 

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José Muñoz Clares

Colaborador asiduo en la prensa de forma ininterrumpida desde la revista universitaria Campus, Diario 16 Murcia, La Opinión (Murcia), La Verdad (Murcia) y por último La Razón (Murcia) hasta que se cerró la edición, lo que acredita más de veinte años de publicaciones sostenidas en la prensa.

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