Palpito Digital

José Muñoz Clares

Asesinato Alicante (III): El cerebro entendido como cosa sin importancia

Dice Confucio: el hombre sabio jamás se decepciona porque ha considerado todas las posibilidades de la acción. Pues bien, los investigadores del asesinato han demostrado no ser en absoluto sabios por lo mucho que dejaron de pensar respecto de ciertos detalles que podrían parecer irrelevantes a un aficionado pero no debieron parecérselo a los encargados oficialmente de averiguar la verdad. Y no sólo a los policías

Porque hubo más implicados en la torpe evolución de las investigaciones tal como demuestra la conformidad general con el informe preliminar de autopsia – repito, preliminar, por lo que aún está el forense a tiempo de rectificar – que recogía, en relación con el cerebro de la víctima, una muy lacónica expresión: «destrucción del encéfalo», y sólo detalla un «trayecto lineal hemorrágico por la parte inferior del lóbulo frontal». Bien, no es mucho decir por parte del forense que tuvo el cerebro en sus manos, sobre todo habida cuenta que ese cerebro había recibido dos balazos, lo que debió dejarlo deteriorado, sí, pero ¿hasta qué punto? ¿hecho papilla como se ve en las autopsias de ciertos males similares al síndrome de Creutzfeld-Jacob? Porque las balas, y eso lo sabemos a ciencia cierta, no eran explosivas. Eran plomos comunes y corrientes que tienden a seguir una línea recta pero no se trocean ni adoptan trayectorias divergentes que puedan originar una destrucción total de las estructuras cerebrales.

Un mañoso tiene dos formas de convertir una bala corriente en una bala explosiva, y la operación se puede llevar a cabo con material que se adquiere en una tienda de manualidades y reciclando un obsoleto termómetro de mercurio. Dejaremos para otra ocasión – o para nunca – aportar detalles sobre cómo se opera la transformación de los plomos y centrémonos en el tipo de destrucción que presentaba aquel cerebro: ¿Afectaba al cerebelo? No, sin duda, porque entonces la víctima habría muerto de forma inmediata y no se habría podido bajar del coche. ¿Afectaba al sistema límbico? No se nos indica aunque es de temer que en parte sí, lo que tampoco impide definitivamente la movilidad. Y sí sabemos que afectó a la corteza prefrontal en su base: tampoco ese daño estructural afecta definitivamente a la capacidad motriz según podrá comprobar el lector que ponga en el buscador «Wiki Phineas Gage» y lea con interés tan ilustrativo precedente, que está en la base de la actual neurociencia. Pero lo que hubiera sido de verdad importante, saber a qué vasos – venas y arterias – habían afectado los disparos sí que hubiera resultado determinante porque venas y arterias tienen un diámetro cierto que nos permite calcular, de forma muy aproximada, a qué velocidad perdía flujo sanguíneo la víctima, sabiendo, como sabemos, que le seguía latiendo el corazón de forma acelerada por la inicial pérdida de sangre y que por esas venas y arterias fluían los 6 litros y medio de sangre que, de media, tiene un ser humano, hasta producir un shock hipovolémico, que es por lo que murió el torero Paquirri: caída del nivel de sangre por debajo de un determinado nivel ya irreversible.

Al cerebro llegan la arteria basilar y las carótidas derecha e izquierda que, a su vez, se dividen en dos ramas menores; del cerebro salen las venas yugular externa e interna y la vena vertebral, con la particularidad de que todas ellas, en su base, estaban en la trayectoria de los plomos que mataron a la víctima. Y que se trata de vasos del diámetro aproximado de un dedo meñique ¿Cuántos vasos y en qué medida resultaron afectados? ¿Cuáles sólo dañados o por completo seccionados? Porque conociendo esos datos y tomando de la autopsia otro – la pérdida de sangre desencadena una taquicardia de por lo menos 20 latidos cardíacos adicionales por minuto – podemos determinar el volumen de sangre que enviaba cada latido y, también, determinar el tiempo estimado de supervivencia de la víctima que, a falta de cualquier determinación, la policía ha situado en una franja no sólo cómoda para la acusación sino ancha en extremo, más bien caprichosa, hasta aproximarse y desbordar los 20 minutos, y todo con tal de fijar los disparos en un momento en que Miguel, el único acusado y preso, estuviera en la empresa, y ello pese a que las declaraciones del pasado viernes día 24 han despejado definitivamente la duda: un testigo de suma relevancia confirmó que Miguel se había ido a las 18:38 y que él, con posterioridad, había visto a la víctima viva entre las 18:55 y las 19:05, de modo que Miguel no pudo ser el autor de los disparos. Pero sigue preso.

Dado que el forense no nos ha dicho qué vasos resultaron afectados pudo la policía determinar, por lo menos, cuánta sangre había perdido la víctima dentro del coche y cuánta fuera del mismo, lo que también habría contribuido a determinar si salió nada más recibir los disparos o si, como sostienen ellos, estuvo entre 10 y 20 minutos, o más, en el coche desangrándose y sin reaccionar con las pocas fuerzas que le quedaban.

Entonces ¿salió la víctima del vehículo nada más recibir los disparos? ¿Salió a los 15 o 20 minutos que ha dicho la prensa de ficción previa filtración interesada por no sabemos quién? Porque se trata de datos obrantes en una causa secreta que sólo conocían el juez, el fiscal y la policía actuante ¿O la conocía más gente, incluido el sr. G, que será objeto de una próxima entrega?

 

 

 

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José Muñoz Clares

Colaborador asiduo en la prensa de forma ininterrumpida desde la revista universitaria Campus, Diario 16 Murcia, La Opinión (Murcia), La Verdad (Murcia) y por último La Razón (Murcia) hasta que se cerró la edición, lo que acredita más de veinte años de publicaciones sostenidas en la prensa.

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