Palpito Digital

José Muñoz Clares

Otra cuestión de plumas: la fiscalía.

Los fiscales, como el dinero y los forenses, son fungibles: lo mismo da uno que otro, como si fueran piezas de Lego. Uno empieza la investigación, otro califica, otro defiende la tesis oficial en juicio… Como digo, fungibles. Tanto da un pollo que otro siempre que lleve el mismo escudo en la toga. Y eso se debe a una raíz original que llevan inserta en el ADN.

Konrad Lorenz, premio Nobel de Fisiología en 1973, acuñó el término “troquelado” o “impronta” en los gansos que, nada más salir del cascarón, adoptan como madre al primer ser vivo que tienen cerca y se mueve, usualmente uno de sus progenitores, y en adelante lo reconocen como madre y no hay quien los convenza de lo contrario. El propio Lorenz probó su teoría asistiendo a la eclosión de pollos de ganso que, irremediablemente, vieron en él a su madre y lo seguían allá donde fuera, pese a ser Lorenz un señor centroeuropeo, con barba blanca, sin pico y sin plumas que, además, no ponía huevos. Así ocurre con los fiscales. Después de los años de carrera se encierran unos muchachos/as jóvenes en una habitación con una mesa, una silla, un flexo y un montón de códigos – la jaula del pollo – y la obligación de “cantar” una vez a la semana delante de un preparador/a que oficia de madre adoptiva y cobra por ello sin declararlo, usualmente, a la hacienda pública. Es su venial pecado original que no les impide perseguir sin rubor a defraudadores fiscales.

Mientras la vida discurre a su alrededor se esfuerzan los pollitos y pollitas en aprenderse de memoria la cada vez peor literatura de código, y para cuando se creen preparados, aturdidos por el esfuerzo histriónico, en shock y convenientemente aislados de la sociedad, se juegan todo su trabajo en una hora que pasan vomitando ordenadamente los temas delante de un tribunal formado, mayormente, por fiscales. Si pasan la prueba con éxito rompen el huevo en que se enclaustraron y surgen desde la oscuridad a una realidad luminosa – ¡Ya soy fiscal! – y como lo primero que ven es al tribunal lo identifican como su madre y, a partir de ahí, no hacen sino seguir a los otros fiscales como un ganso sigue a su gansa madre, que les repite incansable: “El celo, la intuición y la inteligente comprensión de los miembros de la Carrera Fiscal son en ellos virtudes naturales acrecentadas por la experiencia”, según surge de una circular de 1979, en época constitucional, que acababa con un “Dios guarde a V. E. y a V. I. muchos años”, y bien que nos los tiene guardados. Para nuestra desesperación.

Una vez troquelados como fiscales su suerte intelectual está echada, de ahí que se hayan perpetuado desde hace tres siglos atravesando periodos conservadores, liberales, dos dictaduras, dos repúblicas y todo tipo de vaivenes monárquicos; sin embargo, continúan fieles a sí mismos, impertérritos, inmunes a cambios constitucionales y aferrados a una sola fe: in dubio contra reo, que es su canto particular desde el primer destino hasta el último. Algo parecido le pasa a los abogados del Estado, que cantan la misma música pero con distinta letra: in dubio pro fisco.

Les tiene dicho su madre/gansa que la policía/pollo de perdiz sólo canta verdades – culpable, cuá, culpable, cuá, ¿cómo que cuá? Pues éste mismo… – y ellos asumen su papel en defensa de un orden imaginado e inmune a la duda: lo canta la policía, cuá, tiene que ser verdad, cuá cuá, porque la policía no es tonta ni pierde el tiempo deteniendo inocentes. Y este amorío ciego entre policías y fiscales – pollos de perdiz los unos, gansos huérfanos los otros – en infausta junta de plumas, predetermina los más estrepitosos fallos de la justicia española a base de una fe construida al margen de la razón y del sentido común. Y bajo coartada de que son ellos los que aciertan pero no los que se equivocan, porque ese papel se lo dejan a los jueces, en el convencimiento de que hemos acertado nosotros pero se ha equivocado el juez. Como los alumnos de cualquier disciplina: he aprobado, me han suspendido; si acierto el mérito es mío, si fallo la culpa es del que me suspende.

Pasaron de la monarquía a la república y de ahí a la dictadura, a cuyo afianzamiento contribuyeron tras la purga feroz de los desafectos, jueces y fiscales incluidos, con lo que quedamos en manos de la peor canalla de la profesión. Se quedaron al fin huérfanos de Franco y se subieron al carro constitucional pero manteniendo la fidelidad a sí mismos, a su canto ancestral – culpable, culpable – y al troquelado que los convenció de que ellos son la culminación de una saga de madres acusadoras de las que depende toda idea de orden en la sociedad que les paga.

Y así nos va.

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José Muñoz Clares

Colaborador asiduo en la prensa de forma ininterrumpida desde la revista universitaria Campus, Diario 16 Murcia, La Opinión (Murcia), La Verdad (Murcia) y por último La Razón (Murcia) hasta que se cerró la edición, lo que acredita más de veinte años de publicaciones sostenidas en la prensa.

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