Palpito Digital

José Muñoz Clares

ETA, mátalos

La violencia tiene una primera manifestación verbal que no siempre va seguida del ejercicio efectivo, pero en otras muchas ocasiones sí, como ocurrió cuando los vascos decidieron dejar que el oso moviera el árbol para recoger ellos las nueces y, en ocasiones, se echaron a las calles al grito de «ETA, mátalos», con el resultado que todos conocemos. Por eso resulta preocupante el clima de violencia verbal que se ha instaurado en este país, desde el encontronazo de machos al que han conducido la cuestión catalana a los aspectos más comunes de la vida ordinaria.

En Murcia padecemos una movilización de pedanía para impedir que se ejecute una entrada provisional del AVE mientras se lleva a cabo el soterramiento de la entrada definitiva, ya proyectada y en proceso de adjudicación. El asunto ha cursado con cortes de la circulación ferroviaria, necesariamente disueltos por la policía, inicios de sabotaje – cemento y piedra en las vías – y una frase terrible que algún descerebrado ha puesto por escrito en las redes sociales: “… toda esa gentuza vendida contra la verdad y el pueblo sólo merecen una muerte horrible y a ser posible, cuanto antes”. Iba dirigida contra los periodistas que informan sobre la movilización y ya está en manos de la policía, que finalmente, espero, identificará el ordenador o el móvil desde los que se puso en marcha la infamia.

Desean a quienes disienten una muerte horrible y cuanto antes.

La impresentable Rita Maestre asaltó una capilla con una horda de facinerosas que, entre otras cosas, gritaba “arderéis/como en el treintayseís”. Lo de menos fue lo de enseñar las tetas – que ni eso -, pero tengo presente como propia la memoria que mi madre conserva de cuando, en el 36, vio arder las iglesias de Murcia y supo – tenía 6 años – que al cura del Carmen lo habían asesinado, arrastrado y atado desnudo a las rejas de la iglesia. La copla de Rita Maestre apelaba a esa forma de violencia. Y pedía su reedición, en nada corregida y sí aumentada.

Rajoy advirtió a los sediciosos que no menospreciaran la fuerza de la democracia; los sediciosos contestaron, por boca de Puigdemont, que no menospreciara Rajoy – y todos los españoles – la fuerza del pueblo catalán. De momento es mera retórica verbal pero el uso de la fuerza está ahí, a título de amenaza, como forma horrible de imponer la sinrazón y como manifestación extrema de que lo que pretenden es algo que normalmente se gana en una guerra.

Ahí está el primero de octubre y ninguno sabemos cómo cursará, aunque es de temer que tendremos una noche de cuchillos largos y mechas cortas. Que arderá el mobiliario urbano de Barcelona, que se apedrearán coches policiales, y no resulta dado limitar las posibilidades de la acción. Que habrá daños y heridos es seguro pero ¿habrá muertos? ¿Alguien se atreve a negar tal posibilidad?

¿Qué nos está pasando? ¿Cómo han llegado las cosas al extremo de no saber si tendremos o no un amago de vuelta a las barricadas, somatén, tiros en la calle…? ¿Cómo se ha alentado este asalto a la razón, esta negación de una legalidad que nos constituye como seres civilizados? Y no es tan sencilla la respuesta como la quieren ver los sediciosos: ningún gobierno, de ningún país civilizado, puede permitir que se atente contra la Constitución como se pretende hacer en apenas unos días después de todo lo que ya se lleva hecho.

No hay que pensar, como pretenden, en lo que haremos el día 2 de octubre; lo que deberíamos pensar todos es en lo que no deberíamos hacer el día uno. Pero abandonada la razón, como está, no cabe sino temer lo que nos espera si toda la violencia verbal desplegada acaba por dar los frutos que suele.

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José Muñoz Clares

Colaborador asiduo en la prensa de forma ininterrumpida desde la revista universitaria Campus, Diario 16 Murcia, La Opinión (Murcia), La Verdad (Murcia) y por último La Razón (Murcia) hasta que se cerró la edición, lo que acredita más de veinte años de publicaciones sostenidas en la prensa.

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