Palpito Digital

José Muñoz Clares

¿Se van las empresas o los empresarios?

Es cuestión de conjugar la foto en que la plana mayor del independentismo catalán – Puigdemont, Mas, Junqueras, Forcadell, Romeva, Rull, uno de los Jordis … – posan sonrientes (2016) junto a Carles Sastre, el carnicero que desmembró al empresario Bultó con una bomba adosada a la axila exigiendo 500 millones de pesetas para desactivarla, y la pregunta surge sola: ¿Qué está huyendo de Cataluña, las empresas o los empresarios? Porque el 3% da un salto cualitativo cuando los recaudadores echan mano de los matarifes como ya hizo ETA en su día y el País Vasco tragó y pagó. ¿Ha empezado ya la extorsión en serio? Parece que la golfada choriza de Pujol y su camada ha evolucionado a una forma recaudatoria oficial para financiar la virtual república catalana en la parte que no hemos financiado nosotros a base de IRPF y FLA, que remite al binomio “puta” y “poner la cama”.

Al carnicero Sastres lo recicló para la democracia TV3 en diciembre de 2016, presentándolo como preso político en la más burda perversión del político preso. También era, según nos dijeron, una gran reserva del independentismo. Y es que, puestos a reciclar, Terra Lliure, la ETA local catalana, se recicló en la misma ERC que ahora aspira a ganar con su líder preso, y ya son dos, porque Puigdemont está sometido a control de libertad en Bélgica poco después de haber sido nombrado candidato. Así que juegos florales de antecedentes penales, que es lo que más cotiza en la república virtual sólo reconocida por Transnitria (pregunte a Google el lector).

Atando cabos: ¿qué sabe la magistrada Lamela que aún no sabemos y que nos ha de helar la sangre cuando se alce el secreto? Porque hay que estar muy armado para encarcelar a tantos ilustrísimos señores y la señora Lamela no tiene pinta de arrojada. El auto de prisión no tiene desperdicio y apunta a que por debajo de lo que asoma hay un iceberg espeso de entramados mafiosos bajo coartada identitaria. Se hundió el Titanic, al que no hundiría ni Dios, imaginen la frágil democracia española acechada desde fuera y desde dentro. Demasiados versos sueltos: Sánchez, Iglesias, Colau… todos de perfil a ver qué pasa, y luego ya veremos. Pero, de momento, el auto de Lamela no hay quien lo discuta si no es desde el ideario sedicioso.

El jueves empezaremos a ver si el Supremo, por dar imagen de diversidad e independencia, envía o no a Forcadell y resto de la mesa a donde creemos que tienen que estar recogidos: donde no puedan hacer más daño – dos mil millones por barba llevan ya – que el aburrir al compañero de celda a base de matraca nacionalista. Pero eso será el jueves y hoy los días valen semanas. Si al final todo es como ciertamente sabemos del exjuez Santiago Vidal, el bocazas que allanó el camino para que la sedición quedara plenamente probada, van a faltar cárceles para tanto golpista y al final se impondrá lo que en el 23F: disparar a las cabezas y firmar sobre el capó de un coche oficial blindado la exculpación de concejal para abajo y pelillos a la mar. Así se simplifican las ecuaciones y, en España, los juicios: apartemos la morralla y vayamos al grano gordo. Caiga también la justicia ya que estamos, ese poder del Estado independiente y profesional en el que los independentistas no creen, pero sí creen en las amnistías que la Constitución prohíbe. Un desbarajuste sólo coherente consigo mismo.

La trama golpista está al descubierto. Tiene sus adeptos como Tejero y Milans del Bosch tenían los suyos, pero la pregunta lacerante sigue sobre la mesa: ¿son las empresas o los empresarios los que se van? Porque si ha empezado ya la recaudación pistola en mano el asunto hay que abortarlo o nos arriesgamos a décadas de lucha como la que ya tuvimos con ETA.

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José Muñoz Clares

Colaborador asiduo en la prensa de forma ininterrumpida desde la revista universitaria Campus, Diario 16 Murcia, La Opinión (Murcia), La Verdad (Murcia) y por último La Razón (Murcia) hasta que se cerró la edición, lo que acredita más de veinte años de publicaciones sostenidas en la prensa.

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