Palpito Digital

José Muñoz Clares

Papiroflexia académica

No sé cómo acabará lo de Cristina Cifuentes aunque la doy por políticamente muerta. De momento no ha dado explicaciones creíbles, y si tuviera su trabajo de fin de máster no dudaría en difundirlo y tapar la boca a todo el mundo, pero no lo ha hecho. También Errejón pasó en Madrid una beca presencial en Málaga. Su trabajo final parece ser que consistía en una compota de restos añejos. Dio igual. No me quiero imaginar la trayectoria académica de Iglesias. De Ipunto Montero no puedo imaginarme ni su bachiller. Y así va todo en el ámbito de la decencia universitaria.

Empezando por las consecuencias – la universidad española está bajo mínimos – iremos a las causas, y no son otras que la endogamia salvaje, el sistema de acreditación, el plan Bolonia y, por si faltaba algo, el empobrecimiento cateto que ha supuesto el régimen de las autonomías.

Mis profesores universitarios – 1972-1977 – se ganaron sus cátedras frente a un tribunal de cinco catedráticos, luchando a brazo partido con otros opositores tan preparados como ellos. Había que hacer una programación de toda la asignatura, acreditar publicaciones serias que el tribunal leía y valoraba con atención, y había que exponer en público una clase de un tema elegido al azar mediante bolas extraídas de un bombo. No era un bingo académico. Podía salir cualquier tema, como el primero de cualquier materia, ése que todo el mundo odia porque es tedioso, árido, insufrible.. Pero había una bola número uno que podía salir como cualquier otra, y había que defenderlo a la altura de cualquier otro tema. Un admirado compañero me explicó cómo perdió su cátedra – la acabó ganando en otra convocatoria – porque un grupo de presión universitario tenía pactado ya al ganador, al que le salió un tema maldito y lo resolvió en plan mandilón: ¿Qué decir de la importancia de…? Unas vaguedades y un tribunal propicio le dieron la cátedra. Otra, que sabía más que nadie – latín, griego, hebreo, francés y español, que yo sepa – hizo tal examen que sorprendió al tribunal que, para no darle la plaza y dársela a quien estaba acordado, le pusieron un cero en griego. Lloró pero no consiguió que se hiciera justicia.

Las sagas universitarias surgen hoy del directorio de las facultades: basta poner un apellido y sale el padre de la saga y sus prebendados hijos, sobrinos…  Hubo un tiempo en que el espacio se lo repartían rojos y azules con matices finísimos: comunistas, socialistas, ACNDP, exfalangistas, opus… Llegó la cosa al punto de que a algunas convocatorias se les llamaba «opusición», y así colonizaron los hijos del marqués de Peralta el CSIC y la Fiscalía, entre otros nichos de poder académico y del otro.

El plan Bolonia, una maldita y carísima ensoñación de pedagogos enloquecidos, venía a salvarnos de la mediocridad pero ha supuesto una descarnada renuncia a la excelencia en pro de la estadística: necesitamos más aprobados – lo pide la gente, decían -, y optaron por bajar el nivel de la exigencia en vez de elevar el nivel del alumnado. Recortaron las horas de docencia, primaron el «trabajo» en vez del examen y por ahí entró el plagio generalizado y la desvergüenza académica. Lo que a nosotros nos exigieron en los 70 no se puede exigir hoy porque te echan. Quien intenta mantener el nivel es tildado de «hueso» y los alumnos se cambian de grupo buscando profesores modernos y benignos.

Las autonomías han producido esperpentos como una oposición a pediatra en el País Vasco en que ser catedrático de la signatura valía dos puntos y hablar eusquera doce. En la universidad es peor. No se puede aspirar a traslados porque hay cortijos académicos cerrados por una lengua cooficial. Si una tesis doctoral tiene de por sí un público minoritario, escrita en vasco ni les cuento: equivale a que no la lea nadie. Y eso por no primar el inglés que es la actual lingua franca. O el español, que te abre a una gran parte del mundo.

Un curriculun es hoy un ejercicio de papiroflexia académica pero sin la gracias de las grullas japonesas hechas a base de dobleces.  Los profesores  coleccionan papeles que acreditan que se pagó un curso o un congreso aunque no se asistiera ni a una sesión. Un sexenio de investigación es otra suma de papeles: de una obra de cientos de páginas no se puede aportar más que 10 fotocopias: la portada, el ISBN, el índice y cinco páginas más. ¿Tiene el comité evaluador acceso a las publicaciones? No. Se conforman con leer el índice de impacto de la revista o la editorial y suman puntos. Eso ha producido un mercado floreciente de acreditaciones devaluadas o directamente falsas. Conozco universidades que venden títulos y a alumnos convencidos de que la universidad no sirve para nada, que lo que enseña es la práctica, así que planifican sus cursos como carreras de vallas que hay que saltar hasta acceder al mercado. Y así todo, salvo en Medicina, Arquitectura, Ingenierías y Ciencias en general, por aquello de que los pacientes se mueren, los puentes se caen y las casas se hunden.

Veremos qué pasa con Cifuentes. Si la RJC perdonó a su rector por sus muchos plagios, qué no le perdonará a Cifuentes si es que hay algo que perdonar. ¿No es la universidad del PP?

 

 

 

 

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José Muñoz Clares

Colaborador asiduo en la prensa de forma ininterrumpida desde la revista universitaria Campus, Diario 16 Murcia, La Opinión (Murcia), La Verdad (Murcia) y por último La Razón (Murcia) hasta que se cerró la edición, lo que acredita más de veinte años de publicaciones sostenidas en la prensa.

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