Palpito Digital

José Muñoz Clares

El necesario #MeToo purpurado

España, a fuer de católica, empezó por perdonar al «caudillo» sus crímenes y terminó perdonando a la Iglesia Católica los suyos, entre los que estaba el haber apoyado a Franco brazo en alto y haber tolerado que se abusara de la gente menuda a modo de tributo de doncellas del que San Miguel nada hizo por librarnos. Tampoco San Jorge hizo nada al respecto. Y peor aún, en 1962 Juan XXIII, el llamado Papa bueno, ordenó por escrito – Crimen sollicitationis se llamaba la pastoral – a todas las diócesis católicas que encubrieran los abusos, que no permitieran que la información se difundiera, que lo taparan y que en ningún caso acudieran a la justicia, bajo pena de excomunión. Y pasó lo que pasó.

En Murcia, concretamente en las llamadas Congregaciones Marianas San Estanislao de Kostka, en el edificio de los Jesuitas sito entonces en la Plaza de Romea, ejerció su sacrílego ministerio un tal J. F. V., jesuita, durante los años 60 y siguientes. Tenía aquel delincuente por costumbre confesar a niños y niñas en su despacho, donde a las niñas de 12 y 13 años las iba introduciendo en una forma morbosa de sexo entre culpable y consentido, y así hasta que se hacían mayores y o se iban, solas o de forma grupal, o se quedaban una vez deformada su voluntad, convencidas de que no podía estar mal lo que les hacía aquel tipo que, después de toquetearlas en confesión, oficiaba una misa privada en los salones, consagraba, comulgaba y daba de comulgar a sus víctimas, que no podían quedar más convencidas de lo bien que estaba lo que les acababa de pasar.

Dos muchachos de entre los 18 y los 20, en el año 73, sabedores de lo que estaba pasando, acudieron al superior de los Jesuitas y le contaron la historia, y éste les dijo que el buen nombre de la iglesia estaba por encima de la salud mental y el normal desarrollo de las víctimas. Los muchachos no se arredraron y fueron al obispo de la Diócesis, otro que tal, que igualmente, los despachó con palmadas en la espalda y nada hizo por poner fin a tanto delito, pero sí le prologaba al canalla los libros que escribía sobre ¡cómo educar adolescentes! Es excusado decir que ante tanto encubridor, cuando por fin murió el maldito, la prensa local no dejó de calificarlo de «hombre bueno», se le oficiaron los consiguientes funerales y se enterró definitivamente uno de los cientos, miles de casos similares que se dieron en España hasta hace apenas unos años, aunque alguno sigue habiendo.

Toda España encubrió aquellos crímenes. En Murcia se sabía lo que estaba pasando pero nadie reaccionó salvo aquellos dos muchachos; los demás sacaban a sus hijas del matadero e intentaban olvidar. Otro joven hubo que intentó organizar una denuncia colectiva y se encontró con el silencio de las víctimas, por entonces ya pasados los veinte, que no querían empañar su reputación reconociendo que el cura las había iniciado en asuntos sexuales sobre la base de que aquello con él estaba bien pero con sus novios mal.

¿Y nos extraña que se haya estado regalando niños hasta hace apenas veinte años? A la Iglesia Católica se le han perdonado sus delitos por razones que no alcanzo a comprender si no es por aquello de «viva Dios que nunca muere y si muere resucita, viva la mujer que tiene un amante jesuita». Los curas perversos – no fueron todos, ni mucho menos –  arropaban bajo el misterio de su sacerdocio el tener amantes, abusar de niños, quedarse con las limosnas o falsificar documentos e identidades, mientras los fieles pensaban que si venía de Dios…

Por eso España sigue siendo el país más hermético en materia de abusos. Irlanda, EEUU, Australia y otros están haciendo su camino de reconocimiento y solicitud de perdón; España ni lo hace ni tiene intención alguna. A menos que quienes, como yo, conocedores de casos, empiecen a contarlos en la prensa y señalen autores, cómplices y encubridores. Yo no sólo tengo el nombre del canalla sino que sus víctimas están aún vivas y, ya de mi edad, podrían hablar en plan #MeToo sin temor a que nadie las rechazara, al contrario, en la seguridad de que las apoyaremos.

Ojalá se lancen y nos libren de esa carga, o pronto despareceremos y con nosotros el ominoso secreto de tanto hombre de Dios.

 

 

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José Muñoz Clares

Colaborador asiduo en la prensa de forma ininterrumpida desde la revista universitaria Campus, Diario 16 Murcia, La Opinión (Murcia), La Verdad (Murcia) y por último La Razón (Murcia) hasta que se cerró la edición, lo que acredita más de veinte años de publicaciones sostenidas en la prensa.

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