Palpito Digital

José Muñoz Clares

Faltan moralistas (de ingenieros vamos servidos)

Veinte años fui abogado – penalista, que es como ser periodista de sucesos: la hez de la canalla – y veinte años llevo de profesor de Derecho penal – más hez y más canalla – con dos años ambiguos pero compensados en que fui las dos cosas, hasta que me tuve que dejar la abogacía por no matar a un muy alto funcionario del Estado que por esos mundos sigue por mi falta de carácter y por mi culpa, por mi culpa y por su grandísima culpa. Así que cuarenta y dos años perdido en la arboleda del bien y del mal y no había caído en la cuenta, hasta ayer mismo, de un problema que hoy me abruma: cómo enseñarle a una máquina a ser medianamente justa a la hora de despachar gente en un paso de cebra.

Las máquinas han sido inocentes como niños mientras las conducía un humano, uno de los nuestros. Pero los coches sin conductor tienen que estar programados por nosotros para distinguir a un humano de su mascota por algo más que el mucho pelo, las cuatro patas y el rabo, de modo que enfrentado a la posibilidad de dar el volantazo apuntando al señor o a la mascota acierte el coche a matar a la mascota y dejar vivo a quien, estadísticamente, no es descartable que sea peor persona que su perro.

Vamos a pasar lo anterior por alto. De acuerdo: preferimos que se salve el humano. Aunque sólo sea por aquello de la presunción de inocencia. Pero ¿y si la duda es entre un hombre y una mujer, entre un adulto y un niño? ¿Qué le ordenamos al coche que haga? ¿Y si el adulto va en silla de ruedas y el niño es un aborrescente de 12 años? Podemos seguir ad nauseam: ¿Y si se trata de elegir entre una niñata de 13 años con piercing bola en la lengua y un garfio en los pezones y la alternativa es una devota autodisciplinante, con apetito desemdido de misas y comuniones y abducida por un santón amariconado? ¿A quién debe salvar el, a estas alturas, puto coche? La casuística resulta inagotable: imaginen la duda entre un indepe con lazo amarillo y un facha con la jeta de José Antonio P de R en el cinturón de expulsar rojos del templo. Lo del color amarillo resulta definitivo: si no enseñamos al coche a distinguir las barras de la estelada de las de una bandera de España caemos de lleno en el riesgo de primar a los aborrecibles españoles sobre los adorables indepes: dejar vivo a Aznar a costa de Torra. O de Rufián. Ah, se me olvidaba: ¿y si la cosa consiste en elegir entre un Nikonista y un Canonista? ¿A quién debe el coche dejar frito en su propia salsa sobre el asfalto?

Me pierdo. Tanta ambigüedad me bloquea. En el caso de la devota lo veo claro: la enviaría a reencontrarse con su dios preferido y salvaría a la indeseable de los piercing, que lo mismo luego se reforma gracias a un jefe de estudios gay. Pero si hay que elegir entre profesores nada es sencillo. Tendríamos que enseñar al coche a distinguir el alzacuellos y, una vez detectado, obligarlo a elegir entre el profe de religión y el de conocimiento del medio apelando a los octanos y a las pastillas del freno. Y no les digo nada entre médicos: matamos al proctólogo y dejamos a barrios enteros sufriendo en silencio hemorroides como higos de pala; matamos al psiquiatra y se nos desmanda la parroquia.

Si uno opta finalmente por prohibir los coches sin chófer – la salida fácil: dinamitar la disyuntiva en vez de resolver el problema – lo tachan de retrógrado, que es peor que ser homófobo. Si nos dejamos caer por la pendiente de la duda acabamos reivindicando el coche de caballos, resolviendo así el problema de los combustibles fósiles. Y el abono para las macetas, que ya no se compraría en las gasolineras sino que brotaría espontáneamente en la calle.

A esto es a lo que nos ha conducido la búsqueda de la vida muelle. Queremos leer mientras una máquina conduce pero rechazamos que en nuestro nombre se confunda la máquina y mate a una embarazada en vez de a una tía voluntariamente gorda tremenda a base de donuts con crema por dentro y virutas de chocolate por fuera.

¿Entienden por qué hacen falta más moralistas y menos ingenieros?

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

José Muñoz Clares

Colaborador asiduo en la prensa de forma ininterrumpida desde la revista universitaria Campus, Diario 16 Murcia, La Opinión (Murcia), La Verdad (Murcia) y por último La Razón (Murcia) hasta que se cerró la edición, lo que acredita más de veinte años de publicaciones sostenidas en la prensa.

Lo más leído