Palpito Digital

José Muñoz Clares

Día de difuntos

Ya han dado cuenta los niños – y algunos adultos a medio formar – de esa fiesta que parece, como San Valentín y algunas otras, diseñada por una gran superficie de venta barata. Halloween ha terminado con toda la sarta de estupideces que arrastra. Más respeto me merece la fiesta de los muertitos de México, en que la gente se va a los cementerios a comer calaveras de azúcar junto al lugar donde saben, a ciencia cierta, que están los huesos de aquellos a quienes tanto quisieron. Se ahorran, según el meme que circula por la red, que algún día tecleen en el GPS la dirección del cementerio y descubran que justo al llegar a la puerta del recinto una voz usualmente amable les recuerda «ha llegado a su destino». Y así es: ese es, y no otro, nuestro destino.

Mientras los niños juegan y los mexicanos subliman, la recua de ineptos e ignaros de diseño que se auparon al poder desde las cenizas de un partido que alguna vez fue serio andan practicando una necrofilia de pésimo gusto bajo coartada ideológica: todo lo que no sea triturar las cenizas del dictador y echarlas al Tíber, como se hizo con las del papa Formoso, les parece poca damnatio memoriae, aquella costumbre de los césares romanos consistente en simular con esmerado detalle la inexistencia de quienes sí habían existido. Como si borrar el nombre de una lápida pudiera borrar también los hechos infames de quienes nos precedieron. Tal es lo que quieren: en la medida en que perdimos la guerra – dicen, como si no la hubiéramos perdido todos, incluso los que la ganaron – borremos las huellas de quienes parecieron salir triunfadores de aquel horror. Cobardes como son, no se atreven a proponer la que sería la solución más ajustada a sus obsesiones: desenterrar al dictador, juzgarlo in absentia pero asegurando su cadavérica presencia, condenarlo, ordenar la quema de sus despojos en la plaza pública – seguimos en la estela de Formoso – y echarlo después a un río fluyente que lo aleje de nosotros para siempre, a riesgo de que el mar se lo acabe devolviendo en una playa cualquiera.

La ministra Calvo, ajena a cualquier idea de mesura y respeto por los derechos de todos, lanza un discurso que acaba inevitablemente en el exilio de las cenizas del dictador muerto. Si no tiene cabida en el valle siniestro donde ahora está y tampoco en el panteón de la familia, bajo excusa de que no se le pueda rendir tributo, ¿dónde habrá que depositarlo? No debería bastarle a la ministra con decir que no: cabe exigirle que diga «dónde sí» porque si hay algo que la ley no autoriza es que sobre los restos de un humano decida el gobierno y no los allegados del muerto; es una idea que repugna a la menos formada de las sensibilidades que se dicen seguidoras del Derecho.

Recuerdo un día frío de otoño muy parecido a éste. Una amiga, a la que encontré por la calle, a mi pregunta – ¿de dónde vienes con este tiempo? – me contestó que venían, ella y otros, de comerse las cenizas del padre de otra amiga común. El hombre, por lo visto, dejó dicho que esparcieran sus cenizas en un lugar emblemático y montañoso desde el que había una bella vista de nuestra ciudad común. Los deudos allá que se fueron. El esparcidor no tuvo la precaución de averiguar el sentido del viento, así que lanzó las cenizas al aire y éstas acabaron en la cara, en los ojos, en la nariz y en la boca de los presentes. Y eso es lo que le está pasando a Sánchez y a su cuadrilla. Al final se tragarán la tétrica polvareda que ellos mismos han levantado. Y yo lo veré complacido.

Lo último que me apetecía es que me recordaran al dictador que ensombreció los primeros 21 años de mi vida. Él y los suyos dieron todo un tono gris, un acre olor a rancio, una fondo de letanías aburridas. Pero muerto el maldito – no me voy a privar – no veo por qué deberíamos perseguir con saña a su cadáver y molestar a la tercera generación de su descendencia, que a mí no me ha hecho nada.

 

 

 

 

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José Muñoz Clares

Colaborador asiduo en la prensa de forma ininterrumpida desde la revista universitaria Campus, Diario 16 Murcia, La Opinión (Murcia), La Verdad (Murcia) y por último La Razón (Murcia) hasta que se cerró la edición, lo que acredita más de veinte años de publicaciones sostenidas en la prensa.

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