Palpito Digital

José Muñoz Clares

Laura y la frustración infinita

Sobrecogido por el hecho atroz, temeroso de seguir conociendo detalles insoportables, habrá que sacar fuerzas de donde no las hay para hacer frente a la realidad de forma que nos permita un atisbo de luz al final de las tinieblas. Pero no dejaré de señalar cómo se ha producido la muerte de cuatro marineros en Galicia, todos hombres, todos jóvenes, y nadie ha tachado de inaceptables e insoportables tales muertes. Que mueran los hombres o los asesinen resulta asimilable, que muera una mujer no. Nadie explica la razón de ese trato discriminado pero ahí está.

La estúpida e ignorante Bibiana Aído, «la ministra miembra», echó a rodar en 2004 una mentira infecciosa que no deja de engordar. Sembró la idea de que la delincuencia cero era posible en materia de mujeres muertas por hombres, a la que calificó de violencia machista; nunca aclaró que de todos los condenados en España hay una mujer por cada cuatro hombres, lo que hace que la criminalidad en general sea machista y, por tanto, ¿a qué viene distinguir?

La frustración no ha dejado de crecer entre una población encariñada con el utópico «ni una menos». En un conjunto de 46.500.000 personas, más de la mitad mujeres, que conforman, junto con los hombres, una media fluctuante de entre 16 y 18 millones de parejas, estables o provisionales, aceptamos resignadamente que unos 30 millones de conductores, hombres y mujeres, den lugar a unos 1800 muertos al año pero no podemos tolerar que más de 30 millones de cónyuges/parejas produzcan entre 70 y 80 muertos al año sumando víctimas mujeres y hombres.

También nos dejó la  miembra el término «lacra» para describir la muerte de una mujer a manos de un hombre – pero no viceversa -, tanto más lacerante cuanto más próximo estuviera ese hombre de esa mujer por razón de familiaridad o pareja. Lacra es secuela o señal de una enfermedad o achaque, lo que nos convierte a todos en sociedad enferma, cuando no lo somos. También significa vicio físico o moral que marca a quien lo tiene; de eso se libran las mujeres mientras que los hombres quedamos en el nivel de sospechosos. La tercera acepción – persona depravada – no es de aplicación generalizada, de modo que lacra, en relación con la muerte de mujeres, es un palabro vacío que a nada conduce y nada resuelve pero sí identifica a una comunidad angustiada, convencida como está de que todas las muertes de mujeres son evitables y, si no se evitan, es porque los hombres no queremos, lo que conduce a más frustración, más eslóganes vacíos – ni una menos, Laura somos todos, etc. – y que el problema siga enquistado y sin visos de solución.

Mintió la miembra desde el preámbulo de su ley. Cuando ella apreciaba una especial incidencia de la violencia contra la mujer en España – que tradujo malamente como «de género» –  resulta que éramos el tercer país por la cola a tales efectos. La enorme inmigración de primeros del 2000 dio lugar a un repunte de mujeres muertas y la miembra, sin más, se echó a la piscina de una política errada que a nada condujo.  Y si entonces la corrección política impidió estudiar el impacto de la inmigración en la violencia contra la mujer, en relación con la última víctima es el tabú de la minoría étnica el que impide propagar que el autor infame pertenece a una etnia de 700.000 miembros en España que forman una sociedad endogámica, escasamente escolarizada, con un 72% de analfabetos, una tasa de abandono escolar escalofriante y un entorno en que la mujer vive aplastada por una autodenominada cultura gitana donde impera el macho de vara y faca.

Criminalizar a los hombres no ha dado resultado. Legislar contra los machos y contra el art. 14 CE tampoco ha servido. Es imprescindible reconsiderar la ineficaz ley Aído, replantearnos la cuestión desde una perspectiva experta y no meramente ideológica, centrar el foco sobre los supuestos verdaderamente conflictivos y no sobre 23 millones de hombres, rectificar cuanto hay que rectificar en una política errada contra la que nadie se atrevió a votar porque sabían que si lo hacían perderían las elecciones o, en cualquier caso, millones de votos, y poner en marcha un sistema general de prevención que permita reducir el número de mujeres muertas.

¿O es que estamos dispuestos a aceptar que entre 60 y 70 muertas anuales es la cifra inevitable y en nada reducible?

 

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José Muñoz Clares

Colaborador asiduo en la prensa de forma ininterrumpida desde la revista universitaria Campus, Diario 16 Murcia, La Opinión (Murcia), La Verdad (Murcia) y por último La Razón (Murcia) hasta que se cerró la edición, lo que acredita más de veinte años de publicaciones sostenidas en la prensa.

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