Palpito Digital

José Muñoz Clares

Cómo perder un juicio irremediablemente

Antes de que nos alcanzara la civilización resultaba muy fácil perder un juicio porque la justicia se desentendía de las defensas mientras escuchaba arrobada al fiscal. Así era la justicia militar durante el franquismo: los jueces escuchaban al fiscal y a la defensa le estaba prohibido hasta hablar bien de su defendido bajo amenaza de ser ellos mismos acusados del delito de defender a un acusado. De hecho, en el consejo de guerra de El Goloso, en septiembre de 1975, los abogados de la defensa fueron cesados de sus funciones durante la vista y sustituidos por miembros del servicio jurídico militar, pasteleo infame que condujo, a la mañana siguiente del simulacro de juicio justo, al «enterado» del gobierno, por unanimidad y bajo la presidencia de su excremencia el generalísimo, y al fusilamiento de cinco muchachos, formalmente inocentes, al amanecer de aquel fatídico y negro 27 de septiembre.

Así que en la justicia incivilizada la mejor forma de perder un juicio era parecer culpable aunque no se sustentara la acusación en prueba válida alguna.

Esos tiempos se acabaron. Muerto el dictador nos dimos una democracia civilizada y atenta a las exigencias de la Declaración de Derechos Humanos de la ONU, del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de Nueva York y de la Convención Europea de Derechos Humanos, cuyos principios aparecen recogidos en nuestras leyes, que vinculan a jueces y tribunales. No siempre las cumplen, es cierto, y ahí está la Doctrina Parot para demostrarlo, pero aquello fue una excepción cometida por magistrados y fiscales más cercanos al franquismo que a la civilización, por más que algunos sigan en activo y reclamen un respeto y una probidad que no merecen.

En un juicio civilizado hay dos partes, una que acusa y otra que defiende, y en medio está el juez – o magistrados – que dirimen la controversia una vez escuchan a ambas partes tras la práctica de pruebas. Los jueces, máxime los del supremo de hoy mismo, llevan como mínimo 30 años oyendo defensas y acusaciones, y cuando ven que los acusados sólo atienden a las preguntas de sus letrados se ponen en modo «ya veremos cuando empiecen los testigos» porque esos no pueden ponerse exquisitos a la hora de contestar. De modo que, al revés que en el franquismo, la mejor forma de perder un juicio en democracia consiste en empezar recomendando a tu defendido que no conteste más que a su letrado. El asunto es de cajón. Yo lo aprendí al hilo de más de dos mil juicio penales celebrados. Antes sólo se atendía a las acusaciones; los que quieren una justicia bolivariana como la que diseñaron los indepes para sustituir a una justicia seria sólo quieren que se atienda a las defensas, esas a las que los acusados pagan para que hablen bien de ellos, sea verdad o mentira lo que dicen unos y otros.

Lo de Junqueras y Forn fue un mitin mucho más que la declaración de un acusado. Fieles a su delirio democrático van a morir sosteniendo que ellos no hicieron más que votar, ocultando bravamente – como el cobarde Puigdemont – que votaron derogar la Constitución y poner en su lugar una ley que si la hubiera hecho Maduro no les habría salido ni más infame ni menos homologable según los estándares de civilización antes citados. Actuaron como el delincuente conocido como «el solitario», que se hartó de decir en sus juicios que él no robaba sino que expropiaba y, tras ser condenado por asesino y ladrón, en la cárcel sigue y ahora sí que ni expropia ni roba ni mata.

Querían Junqueras y Forn una justicia de jueces afectos al régimen – como los de Franco – y dispuestos a comulgar con los delirios de quienes los habían designado, que es como le ponían las bolas a Fernando VII, ese otro precedente del ejercicio del poder indepe. Desde ese delirio se sienten inocentes y sólo culpables de haber votado; que la convocatoria hubiera sido anulada por el Tribunal Constitucional no les dice nada, pues ellos estaban ya en la pantalla que inauguró Franco en el 36 y revitalizó Tejero en el 81.

Si caerán o no por rebelión no es cosa mía. Con sedición, malversación y desobediencia irán bien servidos y, muerto hoy mismo Sánchez, el de los indultos, dejando a la patética izquierda con escasas posibilidades de reeditar la coalición con etarras y sediciosos, tienen los acusados por delante muchos años para reconsiderar sus tropelías y decidir si, como «el no pasarán» que sí permitió pasar, serán ellos condenados como yo sostengo que pasará y ellos niegan.

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José Muñoz Clares

Colaborador asiduo en la prensa de forma ininterrumpida desde la revista universitaria Campus, Diario 16 Murcia, La Opinión (Murcia), La Verdad (Murcia) y por último La Razón (Murcia) hasta que se cerró la edición, lo que acredita más de veinte años de publicaciones sostenidas en la prensa.

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